El porquerizo
0El porquerizo Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeño, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer. Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos. Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella? Pues vamos a verlo. En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, habríase dicho Más >
El herrero y el perro
0El herrero y el perro
Un Herrero tenía Un Perro que no hacía Sino comer, dormir y estarse echado; De la casa jamás tuvo cuidado; Levantábase sólo a mesa puesta; Entonces con gran fiesta Al dueño se acercaba, Con perrunas caricias lo halagaba, Mostrando de cariño mil excesos Por pillar las piltrafas y los huesos. «He llegado a notar, le dijo el amo, Que aunque nunca te llamo A la mesa, te llegas prontamente; En la fragua jamás te vi presente, Y yo me maravillo De que, no despertándote el martillo, (más…)
Uvieta
0Volvió a su casa y se puso a acomodar sus tarantines, cuando tun, tun, la puerta. Fue a ver quien era y se encontró con un viejito tembeleque y vuelto una calamidad. El viejito le pidió una limosna y él le dió uno de sus bollos.
Se fue a acomodar los otros dos bollos en sus alforjitas, cuando otra vez, tun, tun, la puerta. Abrió y era Más >
El sastrecillo valiente
0No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba:
—¡Rica mermeladaaaa… Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.
Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó:
—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!
Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo:
—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas Más >
Creación del mundo
0Al principio los poderosos, que eran como ángeles sin alas, no tenía casa donde vivir, porque el cielo no existía. Tampoco existían los árboles, los animales y la gente, porque no había tierra donde pudieran estar. En ese tiempo todo estaba hueco y vacío. Sólo, muy abajo, había agua que nadie sabe de dónde nació. Entonces dos muy grandes de los poderosos, tomaron al primer ser humano, que estaba allí con ellos, y lo llevaron hasta abajo, a que caminara sobre el agua. Cuando esos dos poderosos vieron al primer ser humano caminando sobre aquella agua quieta, sintieron una fuerte gana de hacer nacer todas las cosas, y se dijeron uno al otro: «Es necesario crear el mundo.» Entonces, como las serpientes iban a ser los animales preferidos de los poderosos, ellos dos se transformaron cada uno en Más >
El tonto de las adivinanzas
0Un día llegó un vecino y le dijo que en el pueblo andaba el cuento de que el rey ofrecía casar a su hija con aquel que pusiera a Su Majestad tres adivinanzas que no pudiera adivinar, y que le adivinaran otras tres que Su Majestad propondría.
Otro día se levantó el tonto muy de mañana y dijo a la viejita:
–Mama, sabe que he ideado ir yo onde el rey a ver si me gano l’hija. Quien quita que pueda yo sacarlos a ustedes de jaranas.
–Jesús, apiate y mirá estas Más >
El duende y la princesa
0No se trata de un verdadero duende, sino de una niñita llamada Betty, que con su padre habitaba en una choza, cerca de un vasto bosque. Como eran pobres, Betty tenía siempre puesto un vestido castaño y un gran sombrero del mismo color, y como pasaba mucho tiempo al sol, tenía la cara tostada, aunque muy bonita gracias a sus mejillas rosadas, ojos oscuros y cabello rizado que agitaba el viento. Era un ser lleno de vida y como no tenía vecinos, trabó amistad con las aves y las flores, los conejos y las ardillas, con quienes se divertía mucho, pues la conocían y amaban entrañablemente. Eran muchos los que pasaban por el hermoso bosque, situado no lejos del palacio del Rey, y cuando veían a la niñita que bailaba en el prado con las margaritas, que perseguía a las ardillas por los árboles, Más >
De los Apeninos a los Andes
0Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.
Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.
La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy Más >
La Cenicienta
0Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.
Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones Más >