Recuerdos de mi patria
Recuerdos de mi patria
Venid, venid en torno del Trovador que canta,
hora que alumbra el fuego del chispeante hogar;
veréis al dulce estruendo que su laúd levanta
los siglos ya pasados su tumba abandonar.
Y enderredor girando de la sonante lira 5
formar grupos diversos sus sombras en tropel;
y humildes al aliento que al Trovador inspira
veréis como se visten su púrpura o broquel.
Veréis tornarlos tiempos de magos y hechiceras,
sus fábulas medrosas, su infiel superstición, 10
con las querellar, graves, ensueños y quimeras
de un pueblo, hasta en sus vicios de ardiente exaltación.
Veréis como se ostentan de nuevo gigantescos
los fuertes y castillos de la época feudal;
las góticas capillas, los templos arabescos, 15
de los valientes moros recuerdo inmemorial.
Veréis las medias lunas en frente de las cruces
flotando en las almenas, por cima del pendón:
poblados los amenos dominios andaluces,
de ejércitos que inflama su hermosa religión. 20
Veréis las diestras trazas, caballerosos lances,
empresas e hidalguías de nuestra media edad,
que hoy sueños nos parecen de lánguidos romances
y que eran ¡ay! entonces magnífica verdad.
Veréis rasgar las nubes los célebres azores 25
y allá en sus cetrerías sesteando el paladín:
la altiva castellana desde altos miradores,
oyendo de sus pajes el suave bandolín.
O ya las romerías de amantes peregrinos
que buscan de sus almas la paz en su Patrón; 30
o ya las aventuras de infames asesinos
que cruzan en las noches por medio del turbión.
Sabréis los altos hechos maravillosos, grandes
de mil hijos de España, su orgullo y su sostén,
que allá en la culta Italia, y en la guerrera Flandes 35
ciñeron de laureles su generosa sien.
Las fiestas populares, curiosas ya por viejas
veréis con sus estilos de rancia antigüedad:
las doctas tradiciones, leyendas y consejas
que fueron otros días pasmosa realidad. 40
Acaso si algún hijo de playas españolas
sus lances de fortuna pasó de allende el mar,
también navegaremos por las revueltas olas
que van del reino extraño la arena a salpicar.
Y tanto que aun crucemos las mágicas florestas 45
que Atala con sus ayes tristísimos hirió,
en pos de las historias risueñas o funestas,
que allá en sus soledades el tiempo sepultó.
Corred, bellas, sentaos en torno de su lira,
mirad por ese prisma que aclara la ilusión: 50
su patria, España hermosa, su corazón admira,
que beba en vuestros ojos la dulce inspiración.
Le basta en recompensa, si alguna vez contando
lances que ya ha sentido por ciertos vuestro amor,
cerráis su pobre historia, llorosas recordando 55
el canto misterioso del dulce Trovador.