En su empeño de formar al hombre verdadero, los poderosos,

que también pueden equivocarse, realizaron diferentes

intentos sin buenos resultados.

En uno de ellos, escogieron la madera como el material

con el cual habían de formarlo.

Así fabricaron unos muñecos de palo que no podían

mover bien los pies ni las manos ni podían pensar, y por

eso eran tan tontos y descuidados que parecían malos.

Por eso trataban sin consideración a las cosas y los

animales que vivían junto con ellos, y les pegaban y los

hacían sufrir.

Cuando los poderosos se enteraron del modo cómo se

portaban esos muñecos, decidieron abandonarlos para que

se destruyeran.

Al saberlo los animales y las cosas, se juntaron y fueron

a reclamarles a los muñecos de palo la manera como

los habían tratado.

No sólo los perros y los guajolotes, sino a su vez las

ollas y los comales, se quejaron con ellos de los males y

sufrimientos que les habían causado, al no tener en cuen15

ta que ellos también tenían alma, y por eso eran capaces

de sentir pena y dolor.

Además, al darles aquel trato injusto, los muñecos de

palo habían roto el orden necesario para la existencia del

mundo.

Entonces los animales y las cosas se pusieron contra

los muñecos de palo y los persiguieron hasta hacerlos

romperse y volverse en polvo.

La verdad que los niños y las niñas de antes debían

conocer cuando les contaban ese cuento nuestros antepasados,

era que la gente debe tratar a los animales y

también a las cosas muy cuidadosamente, como si tuvieran

alma y pudieran sufrir. De ese modo todo sería más

justo y ordenado, y podría haber alegría y paz para todos.

También ustedes deben saberlo.