Las estaciones
Las Estaciones: Cuentos para niños y niñas
Julia de Asensi
La primavera
Todos los años, a poco de empezar la primavera, hacía su primera
visita al pueblo que le vio nacer y en el que tenía hermosas fincas y
extensas tierras de labranza D. Mario Peñalver, al que retenían numerosas
ocupaciones en la capital de España que abandonaba únicamente para cobrar
cada tres meses las rentas que le debían sus colonos, introducir algunas
mejoras en sus posesiones y descansar, aunque fuera por breve tiempo, de
la agitada vida madrileña. Tenía en el lugar como administrador a un
sobrino suyo, hombre probo y sencillo que, nacido y criado en el campo,
podía y sabía ocuparse con más acierto que su propio dueño de aquellas
vastas tierras, secundado por numerosos jornaleros.
Era casado y padre de dos preciosos niños ambos ahijados de D. Mario
y que llevaban en memoria de antepasados de éste, los nombres de Mercedes
y Rafael. Vivían en una bonita casa de campo rodeada de un gran jardín y a
ella iba a parar el anciano tío cuando se detenía en el pueblo, ocupando
sus principales habitaciones.
Siempre era un día de fiesta para la familia aquel en que llegaba el
querido padrino de los niños, y en aquella estación la naturaleza se
unía a ellos para festejarle. Estaban las calles de lilas llenas de
aromáticas flores, en flor también los almendros, los otros árboles
luciendo sus hojas de esmeralda y ostentando las acacias sus blancos
racimos. Las rosas de diversas clases y diferentes matices, perfumaban el
ambiente, cantaban los pájaros, revoloteaban las mariposas y zumbaban los
insectos. El sol iluminaba con sus rayos de oro la escena, el cielo estaba
azul y despejado y una brisa suave mecía las plantas en sus tallos.
Un coche tirado por mulas se detuvo a la puerta de la posesión y de
él bajó D. Mario, al que había ido a esperar a la estación, algo lejana,
su sobrino. La mujer de éste abrazó cariñosamente al anciano que cubrió
después de besos las sonrosadas mejillas de sus dos ahijados.
La alegría se turbó un tanto al saber que el padrino no permanecería
allí más que tres o cuatro días.
Quisieron que entrase en la casa, pero el recién llegado que era
fuerte y estaba ágil a pesar de sus años, deseó pasear un poco por sus
tierras disfrutando de aquella deliciosa mañana de primavera. Cogió con su
mano derecha la izquierda de la niña y con la otra a Rafael.
-¿Qué habéis hecho por aquí desde que no os veo? Les preguntó
cariñoso.
-Padrino, le contestó Mercedes, hemos aprendido bien nuestras
lecciones para darte gusto, y desde que ha llegado el buen tiempo
paseamos mucho y cuidamos cada uno una pequeña parte del jardín. Ya las
verás y creo que quedarás contento.
-Además, añadió el niño, tenemos muchos gusanos de seda a los que
alimentamos con hojas de morera. Ya empiezan a salir de ellos algunas
mariposas que son muy bonitas, pero que mueren apenas han nacido.
-No importa, le respondió D. Mario, ellas dejan gérmenes de vida para
muchos gusanos. Es esa una distracción que me agrada y que no debéis
abandonar. Las mariposas son pasajeras como las ilusiones; la realidad
está en el trabajo de los que fabrican la seda, esos gusanillos que
cuidáis y que tanto producen… Otros años habéis cogido orugas y recuerdo
que de sus crisálidas han salido mariposas bellísimas que habéis soltado
al instante en el jardín otorgándoles uno de los bienes más hermosos que
hay en el mundo: la libertad.
-Mira, padrino, exclamó de pronto Mercedes, este es mi jardín.
-Es muy bonito, respondió el anciano, y está cuidado con bastante
esmero.
-Y este el mío, dijo poco después Rafael.
-También me agrada, profirió D. Mario, pero observa una cosa; ese
arbolito crece torcido y aún sería tiempo de enderezarlo.
-¿Y qué más da? Preguntó el muchacho.
-¿Qué, qué más da? Repitió el padrino; oye una fábula para que
lo sepas y saques de ella una útil enseñanza:
«Un campesino ocioso
a sus hijos ejemplo provechoso
de laboriosidad nunca les daba,
porque todo del tiempo lo esperaba.
Mil veces se reía5
de un honrado vecino que tenía,
viendo sin complacencia
que aquel hombre pasaba la existencia
observando si el árbol que plantaba
erguido desde luego no se alzaba,10
y apenas se torcía, disgustado,
le prodigaba todo su cuidado
no quedando tranquilo y satisfecho
hasta verlo derecho.
Los hijos del ocioso campesino,15
que también se burlaban del vecino,
sus caprichos hacían
y sin pesares ni temor vivían,
porque no conocían la influencia
del cariño filial y la obediencia.20
Faltos de esos afanes que prolijos
tiene todo buen padre por sus hijos
no hallaron más placer desde su infancia
que el engaño, el pillaje y la vagancia.
El padre, de severo haciendo alarde,25
quiso enmendar los yerros, mas fue tarde.
Los hijos le escucharon distraídos
sin quedar de su culpa arrepentidos,
y el anciano no halló en su edad postrera
quien su cariño y protección le diera.30
En tanto que el vecino, rico, honrado,
e vio por todo el mundo respetado.
Nunca el árbol torcido
dará sabroso fruto ni buen leño,
mientras el propietario inadvertido35
no sepa enderezarlo de pequeño»
Los niños son como los árboles, si sacan malas inclinaciones, si se
tuercen, el deber de los padres y maestros es ponerlos derechos, que las
almas infantiles y los árboles pequeños se corrigen al principio, pero
luego no hay fuerza humana que los pueda enmendar. ¿Me has comprendido,
Rafael?
-Sí, padrino, contestó el muchacho, y te prometo que no encontrarás
cuando vuelvas ningún árbol torcido en mi jardín.
Después del paseo entraron en la casa y allí examinó D. Mario a los
dos niños de cuanto habían aprendido, viendo con satisfacción que estaban
bastante adelantados en sus estudios.
Ellos le guardaban sus planas para que las viera, leían en voz alta y
respondían a las preguntas que les hacía de catecismo, gramática,
aritmética y geografía. Hasta entonces no habían tenido más maestros que
sus padres porque en su tierna edad no habían necesitado dedicarse a
estudios más profundos. La madre enseñaba también a hacer primorosas
labores a Mercedes [14] y eran ya innumerables los pañuelos que la niña
había cosido y bordado para su padrino que los recibía con agrado y los
premiaba con regalos espléndidos que llevaba igualmente para Rafael, sin
que esto influyese en lo más mínimo en el ánimo de aquellas criaturas que
querían al anciano con tanta ternura como desinterés.
Se pasó el resto del día entre la conversación amena e instructiva,
las alegres comidas, la siesta y otro paseo, y se acostaron a las diez de
la noche durmiendo gozosos y tranquilos.
A la mañana siguiente se levantaron temprano haciendo poco más o
menos la misma vida. Los niños llevaron a su tío a ver muchos nidos que
las golondrinas y otros pájaros habían hecho bajo los aleros de los
tejados de la casa que habitaban y en edificios más distantes que había en
la posesión, ocupados por los colonos los unos, la vaquería, el gallinero,
el palomar y las grandes cuadras y cocheras sobre las que estaba el
inmenso desván en el que se encerraba el grano. Las avecillas revoloteaban
alrededor de los nidos fabricados por ellas y que eran respetados por
todos los habitantes de la finca. Hasta entonces nadie les había hecho el
menor daño. Las golondrinas, alejadas de allí desde hacía muchos meses,
habían regresado poco antes del país cálido al que habían emigrado a fin
de pasar en él los rigores del frío, para buscar sus antiguos nidos y
depositar allí los huevos. Las simpáticas avecillas no faltaban ninguna
primavera.
Como recordase el padrino que en otras ocasiones había observado que
nada agradaba tanto a Mercedes y a Rafael como los cuentos, cuando allá en
Madrid en la soledad de su casa preparaba el viaje a su querido pueblo,
procuraba grabar en su imaginación aquellas narraciones que aprendió en su
infancia o aquellos hechos que escuchó más tarde y que pudieran servir de
provechosa enseñanza a los niños para referírselos después de la siesta y
que fuesen adecuados a la estación en que se hallaban a fin de que se
penetrasen mejor de ellos.
En las tres tardes que permaneció en su casa de campo, Mercedes y
Rafael, apenas se enteraban de que el tío Mario se había levantado de la
siesta, le esperaban en la salita del piso bajo, que tenía dos ventanas
que daban al jardín por las que trepaban rosales y campanillas azules y
allí aspirando el aroma de las flores, y embelesados con el gorjeo de los
pájaros, se entretenían poco después agradablemente oyendo de los labios
del anciano los siguientes cuentos que él les refirió uno cada día hasta
emprender su viaje de vuelta a la corte y que escucharon los dos niños con
atención profunda, sin pestañear, sintiendo únicamente que el tiempo
pasara con tanta rapidez y les privase de aprender más narraciones
relatadas por su buen padrino.
Abril
El campo de Daniel
Aquel día, 24 de abril del año de gracia de 1896, volvió a su pueblo
de Castilla la Vieja, después de muchos años de ausencia, el señor D.
Pedro de Zúñiga acompañado de su esposa, de su hijo y de su hija. La
última vez que estuvo allí era casi un niño y apenas se acordaba de la
hermosa casa solariega, de las extensas tierras que para él se cultivaban
y de las viñas que producían un excelente vino.
Pedro Zúñiga era muy bueno, muy inteligente y había encontrado en la
que eligió para esposa una compañera digna de compartir su suerte. En
cuanto a los niños eran modelos de perfección.
Apenas había llegado el caballero, recibió una nota del alcalde para
que asistiese al siguiente día a la ceremonia de la bendición de los
campos. En consideración a su elevada alcurnia y a la de ser el primer
contribuyente no se atrevió el representante de la autoridad a añadir que
tendría que pagar multa si faltaba. Este requisito no se olvidaba nunca,
así es que el pueblo en masa acudía a la sagrada fiesta.
D. Pedro salió por la tarde del 24 a recorrer el lugar en compañía de
su administrador. Supo por éste que la bendición se hacía en tres días
saliendo los sacerdotes por diferentes sitios. Sólo dejaban el lado de
poniente aunque había por allí mucho campo. Quiso el señor verlo y al
llegar a él admiró lo extenso que era y lo bien situado que estaba, pero
lo que más le sorprendió fue que no había nada sembrado, ni la tierra
estaba labrada siquiera.
En una piedra vio sentado a un niño de unos doce años en actitud
triste y pensativa, y se acercó a él. Al verle se levantó el muchacho,
saludando con humildad y respeto.
-¿De quién es este campo? Le preguntó.
-Este, que llaman el campo de Daniel, respondió el niño, es de un
servidor de Vd.
-¿Y cómo lo tienes así, sin que produzca nada?
-Porque no quiere el alcalde que se haga otra cosa. [18]
-A ver, explicame eso, prosiguió el señor de Zúñiga. Siéntate aquí
conmigo y habla claro, sin faltar en nada a la verdad.
-Mi padre, empezó el niño, era un hombre muy bueno y muy cristiano,
pero el alcalde dio en decir que era judío porque se llamaba Daniel, y
todo el mundo lo creyó. Nadie le daba trabajo, nadie compraba el producto
de sus tierras, y un día murió más de pena que de enfermedad. Ya no tenía
yo madre y me quedé solo, pues el único pariente que me resta, que es un
tío carnal, es tan pobre que en cuatro años no ha podido reunir el dinero
para venirse aquí conmigo o para llevarme con él.
-¿Y de qué vives? Preguntó con interés el caballero.
-Las monjas del convento de la Trinidad me dan la comida en
recompensa de pequeños servicios que les hago y el alcalde me paga un real
diario por el arriendo de las tierras que lindan con las suyas. Las demás,
como yo no las sé trabajar, ni me las bendicen ni me producen nada. El
alcalde me ha ofrecido que me las comprará cuando yo sea mayor porque no
quiere meterse en líos adquiriendo bienes de menores. Pero entre tanto…
-¿Vives mal, no es cierto? Interrumpió don Pedro.
-Sí señor, muy mal.
El caballero se volvió hacia el administrador que estaba de pie a
corta distancia, y le preguntó: [19]
¿Quién es el alcalde?
El cacique del pueblo, contestó el interpelado, un hombre malo y
ambicioso que quiere quedarse por nada con estas tierras que valen y le
convienen porque están junto a las suyas.
-¿Y por qué no se bendicen estos campos?
-El alcalde es el que dispone por dónde han de ir los curas; éstos no
hacen más que lo que él ordena. Está el párroco aquí desde hace poco y los
tenientes no intervienen en nada, como no sea en las cosas de dentro de la
iglesia.
Zúñiga se levantó, dio una moneda de plata al chico, que enrojeció al
recibirla sin atreverse a rehusarla, y después de despedirse de él siguió
su camino acompañado por el administrador.
Apenas estuvo solo el niño, que se llamaba Daniel como su padre, se
dirigió hacia una choza algo distante en la que vivía una anciana aún más
pobre y desamparada que él, que le recibía siempre con cariño.
-Señá Dorotea, le dijo, vengo a saber si ha reunido Vd. ya el dinero
para el pañuelo qué se quería comprar.
-No, hijito, contestó la vieja, no recojo más que centimillos cuando
voy a pedir de puerta en puerta los sábados, y con eso no hay más que para
mal comer.
-Pues aquí le traigo yo esta moneda de plata para su hucha. Me la ha
dado un caballero y la he guardado para Vd.
-Dios premie tu buen corazón y te dé ahora [20] la fortuna en la
tierra y después la gloria en el cielo. Mañana me compraré el pañuelo para
ir con él a la cabeza a la bendición de los campos y a la iglesia después.
Al día siguiente desde muy temprano se veía a casi todos los hombres
del pueblo, viejos, mozos y niños, bien ataviados, limpios, con semblante
regocijado, reunidos en la plaza, esperando a que los tres curas ya
revestidos saliesen de la iglesia. Algunos de ellos y no pocas mujeres
habían entrado en el templo. En él se hallaba también D. Pedro de Zúñiga
con su administrador y los principales trabajadores de sus campos. Y allí
estaba el cacique del pueblo, el insustituible alcalde, porque no había
quien se atreviese a privarle de aquel cargo.
El sacristán llevaba la manga de la parroquia, otros hombres sacaban
los estandartes de las hermandades de las hijas de María, de Santiago y de
San Sebastián y varios mozos, en modestas andas, el Cristo llamado del
Amparo y una hermosa imagen de la Virgen de las Mercedes. Detrás iban los
sacerdotes, el alcalde, que ofreció el sitio preferente a D. Pedro, los
principales personajes de la localidad, los labradores, los jornaleros y
por último algunas mujeres y no escaso número de niños de ambos sexos.
Llegados a un montecillo, el párroco bendijo los campos mientras todos los
concurrentes a la sagrada ceremonia permanecían inmóviles y con el
mayor recogimiento.
Repitiose esta escena en los dos siguientes días yendo la comitiva
por sitios diferentes, por todos lados excepto por el campo de Daniel, y
este niño no faltó nunca, al lado de la vieja Dorotea que cubría sus
escasos cabellos con un vistoso pañuelo comprado para la fiesta y que
excitó la curiosidad de todas las comadres de aquel pueblo.
Don Pedro Zúñiga había escrito al lugar donde vivía el tío de Daniel
pidiendo informes suyos. Se había dirigido al párroco, al que no conocía,
y no tardó en recibir una larga carta en la que el sacerdote le daba las
mejores noticias respecto a la honradez y laboriosidad de aquel hombre que
era el maestro de escuela del pueblo. Cobraba un sueldo tan corto que
apenas bastaba para cubrir sus necesidades.
El caballero, que era persona influyente, logró que le aumentasen la
paga y, una vez realizado esto, llamó a Daniel y le dijo:
-Tu tío puede tenerte ya a su lado, márchate con él hasta que yo
logre su traslado a este lugar, para lo que necesitaré algún tiempo.
Cuando residáis aquí os ocuparéis de tu campo que es bueno y producirá una
regular renta. Con la escuela y lo que dan las tierras viviréis con
holgura. El viaje te lo pagarán mis hijos que se interesan por ti; creo
que no rehusarás este pequeño servicio de unos niños, compañeros
tuyos por la edad y por las inclinaciones.
-Cómo agradecer bastante… empezó Daniel con acento conmovido.
-Siendo siempre honrado y trabajador, le interrumpió D. Pedro.
El muchacho se alejó del lugar, durando su ausencia cerca de un año.
Alguna vez escribía a su bienhechor que le contestaba siempre con afecto.
A mediados de abril recibió el tío el traslado para la otra escuela y
apenas llegó el maestro que había de sustituirle, el buen hombre y su
sobrino se dirigieron hacia el pueblo donde el niño habla conocido a
Zúñiga.
Llegaron de noche y buscaron alojamiento en la posada hasta la mañana
siguiente, que era la del 25 de abril. Este día se dirigieron a la iglesia
para asistir con la comitiva a la bendición de los campos. Oyeron decir a
algunos hombres que el alcalde del año anterior había sido destituido
reemplazándole D. Pedro por voluntad de todo el vecindario, y que el
antiguo cacique no pudiendo sufrir su derrota, había vendido cuanto
poseía, marchándose a vivir al pueblo de su mujer donde nadie le hacía
caso. Que allí devoraba su impotente rabia sin que se compadecieran de él.
Grande fue la sorpresa de Daniel cuando vio que los tres sacerdotes
seguidos de casi todos los habitantes del lugar se dirigían hacia el lado
de poniente y que allí el primer campo que bendecían era el suyo. Y
aún creció más su asombro al hallar sus tierras sembradas y restaurada su
casita, que antes estaba ruinosa; todo aquello estaba cuidado con esmero
prometiendo una abundantísima cosecha.
Daniel condujo a su tío al lado de D. Pedro a cuyos pies quiso
arrojarse, lo que el caballero impidió abrazándole con cariño.
-Lo que he hecho por ti ha sido mi primer acto de justicia, le dijo
Zúñiga; he remediado el mal que te causó mi antecesor, el alcalde indigno.
He proporcionado con el arreglo de tus campos trabajo a no pocos obreros
que carecían de él. Conserva a los que necesites a tu servicio, y trabaja
tú también, trabaja con ahínco y si tienes más dinero del que necesites
dalo a los pobres como nos manda Dios y Él te bendecirá y protegerá
siempre.
Daniel así lo hizo, auxiliando en primer lugar a la vieja Dorotea. Su
campo fue el más hermoso de aquel pueblo sin que jamás se perdiese una
cosecha ni tuviese que sufrir ninguna de las innumerables plagas que
arruinan a tantos desgraciados labradores, premiando así el Señor al pobre
muchacho tan perseguido durante su infancia por las desdichas que sobre él
llovieron sin merecer ninguna.
Mayo
Las flores
A mis sobrinas Matilde y Margarita Esteban Valdés.
El día de la Ascensión habían comulgado por primera vez ocho niñas
del colegio de Santa Teresa, y con ellas habían tomado también la comunión
muchas de sus condiscípulas mayores y no pocas hermanas. No habían
asistido a la solemne misa más que los parientes de las educandas, a los
que se habían dado papeletas, y la [25] presidenta del colegio, una
ilustre dama, buena y caritativa, que poseía una cuantiosa fortuna.
De aquellas ocho niñas, siete eran de familias acomodadas, únicamente
Pilar era hija de una pobre mujer que podía tener a la criatura en tan
elegante colegio porque se lo pagaba una prima suya muy rica. Pero como
sólo recibía este favor, la niña no hubiese podido hacer la primera
comunión con igual traje que sus compañeras, si una vecina que lo tenía
desde hacía dos años, por haberlo llevado una hija suya, no se lo hubiera
prestado. Pilar había, pues, recibido la sagrada hostia vestida de blanco,
con el largo y vaporoso velo y la corona de flores. La misma vecina le
había regalado una vela rizada y su madre un devocionario con tapas de
marfil que tenía de cuando ella era pequeña.
El capellán había pronunciado una breve y sencilla plática y luego
las niñas se habían arrodillado de dos en dos en las gradas cubiertas de
alfombra. La ceremonia había durado una hora escasa.
Pero la fiesta del día no terminaba allí. Todas las tardes se hacían
las Flores de María y cantaban en el coro las hermanas y las colegialas
que sabían música. Se había dispuesto que las niñas que habían hecho la
primera comunión ofreciesen ramos a la Virgen recitando poesías alusivas.
Según fuese el ramo así serían los versos; los había para toda clase de
flores y Pilar había aprendido unos cortos, teniendo en cuenta [26] la
monja que se los había enseñado su carácter tímido. Debía la niña
depositar unas rosas a los pies de la sagrada imagen.
Los ramos fueron llevados a las colegialas desde sus casas y eran
casi todos preciosos, más o menos grandes, pero de buen gusto y de valor.
Sólo Pilar no tenía flores y no se había atrevido a pedir a su madre que
hiciese el sacrificio de gastar ese dinero por ella.
-La Virgen sabe, pensaba, que yo le daría las plantas más bellas si
de mi voluntad dependiese; pero las personas que vean que no llevo mi
ofrenda como mis condiscípulas, pensarán que soy menos buena que ellas,
menos creyente.
Y la pobre niña lloraba con verdadero desconsuelo.
Sor Juana de la Cruz, la monja que daba las lecciones de labores y de
catecismo, no había dejado de observar a la colegiala y no tardó en
comprender lo que pasaba en su interior. Sabía la mala posición de la
madre de Pilar, y, deseando remediar aquella pena, buscó por el jardín
algunas rosas, pero no había quedado ni una, todas se habían cortado para
adornar los altares de la iglesia, especialmente el mayor donde estaba
colocada la Virgen del Amor Hermoso. La religiosa no quería quitar ni una
flor de allí, ya no eran suyas ni de sus compañeras, pertenecían a aquella
Madre representada por una escultura preciosa. Sor Juana de la Cruz bajó a
la iglesia para acabar de arreglarla y Pilar la siguió. [27]
-¿Me da Vd. permiso para rezar y meditar un rato? Dijo la niña.
-Sí, hija mía, respondió la hermana.
La colegiala se arrodilló en un reclinatorio, cubrió el rostro con
sus manos para no distraerse y permaneció así mucho tiempo.
Sor Juana iba y venía de un lado para otro. Pilar oyó a una criada
que la llamaba, notó que la hermana salía del templo, que estaba fuera
algunos minutos, que volvía a entrar, que continuaba su faena. Tan pronto
pasaba rozando el traje de la niña como estaba al otro extremo de la
iglesia. Luego todo quedó en silencio, la monja se marchó dejando sola a
su discípula.
Ésta rezaba y meditaba siempre. Pedía a la Virgen que hiciese un
milagro para ella, que le enviase siquiera una flor para devolvérsela
enseguida. Su bello ideal era tener una de aquellas rosas que había visto
en el jardín de la presidenta un día en que fue a paseo con sus compañeras
y Sor Juana. Eran muy grandes, con muchísimos pétalos y a través de la
verja había aspirado su delicado aroma al mismo tiempo que admiraba sus
bellos matices.
Aquello era un sueño, ¿cómo había de tener la niña pobre y
desamparada una flor semejante?
Pilar estaba muy cansada y comprendió que sus rodillas no podían
sostenerla ya más. ¿Acaso no le permitiría la Virgen sentarse para
continuar orando?
Sabía que la gracia implorada en tal día se la [28] había de
conceder. Su sola aspiración era aprender muchas cosas para cuando saliera
del colegio dar lecciones llevando con el producto de ellas el bienestar y
el descanso a su madre. Las monjas la protegerían, como habían hecho con
otras niñas que tuvieron igual idea. Su madre no trabajaría más, todo lo
haría ella con la ayuda del cielo y de sus buenas profesoras…
Pilar se sentó y cerró los ojos para no distraerse con las luces, las
flores y alguna persona de la casa que entraba de vez en cuando en la
iglesia.
A las cinco en punto se abrieron las puertas del templo. La niña,
suponiendo que ya no podría rezar más hasta que lo hiciese con sus
compañeras, abrió los ojos. Arregló maquinalmente los pliegues de su velo
y al dejar caer las manos sobre la falda sus dedos tropezaron con un
objeto fresco y húmedo. Miró y vio atadas con una cinta de seda blanca
seis rosas de tamaño excepcional, quizás aun mayores que las del jardín de
la presidenta del colegio. El perfume que exhalaban era embriagador, pero
Pilar no lo había advertido por el fuerte olor a flores que había en la
iglesia.
¿Cómo pintar su asombro y su entusiasmo al tener en sus manos aquel
ramo prodigioso que miraba como un obsequio de la Virgen? ¡Qué feliz era
la niña y con cuánta emoción dio las gracias a la Madre del Amor Hermoso!
Nadie le preguntó de dónde le habían traído [29] tan bellas flores.
Algunas de las condiscípulas de Pilar las miraron con envidia o con
sorpresa.
Pasó la función religiosa en medio del mayor recogimiento y al final
fueron las niñas que habían hecho la primera comunión por la mañana a
depositar sus ramos de flores a los pies de la Virgen recitando al propio
tiempo las poesías que les habían enseñado. La última fue Pilar, siendo
grande el asombro de todos los que la escucharon cuando dijo los versos
con tanto fervor religioso y tanta entereza como nadie la hubiese creído
capaz dado su carácter apocado.
Virgen del Amor Hermoso,
¡deja que madre te llame!
No hay un corazón piadoso
que más que el mío te ame.
Mis plegarias fervorosas
lleguen hasta ti, María,
y acepta estas bellas rosas
a la vez que el alma mía.
Todos se conmovieron al oír a la niña recitar estos ocho renglones.
Recibió la felicitación de sus profesoras y de la presidenta que, al
regalar a las colegialas recordatorios de la solemne fiesta de aquella
mañana, dio a Pilar el más bonito.
Sólo a su madre y a sor Juana de la Cruz contó la niña lo que ella
llamaba el milagro de las rosas. La monja sonrió dulcemente al oír [30]
aquel relato y luego, abrazando a su discípula, le dijo:
-Ama mucho a la Virgen y siempre te protegerá. En cualquier
contrariedad que tengas en la vida, acuérdate del día de tu primera
comunión y encontrarás alivio a tus penas y consuelo en tus dolores.
[31]
Junio
La noche de San Juan
Poco antes de dar las doce el reloj del Ayuntamiento, las
veinticuatro como decimos hoy, se hallaban reunidos casi todos los
habitantes de Aldeachica en una gran plazoleta en la que se elevaban
gigantescos árboles y en cuyo centro había una hermosa fuente. [32]
La noche era clara y serena, una noche de estío en la que se
respiraba con delicia el aroma de las flores del campo y de las plantas
que crecían en los montes. La tierra estaba cubierta de hierba y entre
ella lucían sus galas algunas margaritas y amapolas.
A corta distancia se divisaba el pueblo que no tendría más de
cincuenta casas y una iglesia pequeña. Había varias huertas a la entrada y
a la salida del bosque y en éste la plazoleta donde se hallaban los
aldeanos al terminar el 23 de junio y dar principio el 24. Más lejos se
elevaban las obscuras montañas con grandes manchas verdes que eran pinos
en unas, zarza y retama en otros.
Un grupo de jóvenes de ambos sexos que se había internado en el
bosque se acercaba entonando la conocida canción:
…El trébol, el
trébol,
a coger el trébol la noche de San Juan.
Al dar las doce, los jóvenes y los niños metieron sus cabezas en el
pilón de la fuente entre grandes risas de las mozas y de las niñas que por
no descomponer sus peinados renunciaban gustosas a aquella parte del
programa con que se inauguraban los festejos. Luego empezaban las disputas
sobre quién se había zambullido el primero, disputas que por milagro de
Dios no acabaron como otras veces a garrotazos.
Los habitantes de Aldeachica se entregaron [33] después a la inocente
ocupación de buscar entre la hierba el trébol para ver quién hallaba el de
cuatro hojas que es el que proporciona la felicidad. Era difícil la tarea
por ser el trébol muy pequeño, y apenas encontraban uno, aunque fuese de
tres hojas, lanzaban gritos de alegría, que repetía el eco como si
quisiera asociarse al contento de aquellos buenos campesinos.
Al fin una niña de diez a once años, rubia, pálida y revelando en su
semblante privaciones y sufrimientos, dijo mostrando la pequeña planta que
había buscado con tanto afán:
-¡Aquí está, aquí está el trébol de cuatro hojas!
Todos los aldeanos la rodearon felicitándola.
Aquella pobre criatura era hija de una viuda que tenía cuatro niños
más, tres menores que ella, uno un poco mayor. Aunque la madre trabajaba
mucho, no reunía lo suficiente para sostener a tan numerosa familia.
Pasaban hambre, apenas tenían ropas con que cubrir sus cuerpos y vivían en
una de las más miserables casas del lugar. Había allí muy pocos medios de
ganar dinero y ninguno para hacérselo ganar a los demás.
La niña se llamaba Margarita y su hermano mayor Mauricio. La primera
puso el trébol entre sus cabellos sujetándolo con una horquilla.
Luego empezó el baile que duró hasta la madrugada. Un mozo del
pueblo, el hijo del juez, se acercó a Margarita y le dijo: [34]
-Si me das el trébol que te has encontrado pago por él una peseta.
La niña se lo quitó de su cabeza, dirigió a aquellas cuatro hojitas
una triste mirada, se las dio al que todos llamaban en la aldea el
señorito y recibió una moneda de plata que representaba para ella la
comida de aquel día, esto es, un poco de descanso, para su infeliz madre.
Luego Margarita y su hermano se fueron a su casa para dormir un poco
y levantarse para ir a las diez a la función de iglesia en la que diría el
sermón un cura que iba de la ciudad expresamente para eso.
El señorito se retiró del bosque cuando era ya de día, pero habiendo
querido presenciar todas las fiestas, hasta por la noche no se encontró a
solas en su cuarto. Ya en él se dijo:
-Cuenta la tradición que el poseedor del trébol de cuatro hojas
recibe por cada una de ellas un beneficio. Uno de estos será seguramente
la fortuna y si la obtengo me marcharé de este villorrio para llevarme una
gran vida en la capital. Adiós entonces todo lo que aquí me aburre, las
amonestaciones de mi madre, las rancias ideas de mi padre, el inevitable
trato con estos rústicos, los apuros de dinero y tantas molestias como me
agobian. ¡Qué feliz voy a ser y qué buena vida me he de dar!
Arrancó una de las hojas, luego otra y otra y al fin la cuarta. Las
hojitas en vez de caer al suelo flotaron un momento por el aire y después
[35] impulsadas por una suave brisa, salieron por la ventana no
deteniéndose hasta la casa de Margarita donde entraron y fueron a posarse
a los pies de la niña. Ésta vio con asombro que su humilde habitación mal
alumbrada por un cabo de vela, se cubría de una espesa niebla, luego se
iluminaba con una luz rosada y a su resplandor divisó a cuatro mujeres de
sin igual belleza, vestidas de blanco y llevando en sus manos diferentes
objetos. Se adelantó una y dijo a Margarita:
-Yo soy la riqueza que nunca acaba.
-Yo, añadió otra de las jóvenes, soy la felicidad eterna.
-Yo, murmuró otra, soy la hermosura que no se marchita.
-Yo, terminó la cuarta, soy la virtud que no muere.
La primera entregó a la niña una caja llena de oro, que ella puso
sobre una mesa; la segunda un talismán; la tercera una joya, que Margarita
dejó igualmente; la última una flor de plata que conservó en su mano
dándole preferencia sobre los otros dones, por ser el emblema de la
virtud; pero las cuatro mujeres le dijeron:
-Todo es para ti, cada una de las hojas del trébol te concede una
gracia y serás rica, feliz, bella y virtuosa. Compartirás tu fortuna con
tu familia porque el oro de esa caja no tendrá fin…
-Pero, interrumpió la niña, eso no será mío, porque yo he vendido el
trébol a un hombre. [36]
-Los bienes que produce el trébol son para el que lo halla, no para
el que lo compra. Al arrancar las hojas el que te lo ha pagado nos ha
hecho presentarnos aquí. Adiós afortunada niña, nosotras te protegeremos y
te amaremos siempre.
-Adiós, respondió Margarita, que estaba atónita, adiós y gracias. Yo
nunca os olvidaré.
Se desvaneció la visión, se disipó la niebla, pero allí quedaron los
objetos con que la niña había sido obsequiada.
Un grupo de muchachos pasaba por la calle cantando:
A coger el trébol la noche de San
Juan.
Pero ninguno encontró el de cuatro hojas que crece entre la hierba.
Y mientras el señorito continuaba aburriéndose en el pueblo, la
modesta familia de Margarita vivía rica, feliz, en aquella casita en que
había nacido, agrandada y restaurada, habiendo comprado tierras en las que
trabajaba Mauricio, pudiendo recibir los niños esmerada educación, siendo
todos por su excelente comportamiento y su ventura, la envidia de los
malos y la alegría de los buenos.
[37]
[39]
El estío
Cuando en el verano volvió D. Mario Peñalver al pueblo con el objeto
de permanecer allí breves días como de costumbre, Mercedes y Rafael, que
le esperaban impacientes, fueron en el coche con su padre a recibirle a la
estación.
El anciano les llevaba libros y juguetes comprados en Madrid, que los
niños le agradecieron mucho.
El padrino vio en su posesión los árboles cargados de frutos, el
trigo segado, y se regocijó cuando supo que sus ahijados se habían
entretenido por las tardes trillando en las eras. Estaban fuertes y
robustos y aquella vida campesina les probaba muy bien.
Quiso D. Mario al día siguiente de su llegada hacer una visita a sus
colonos y a ella le acompañaron su sobrino, la esposa de éste y Mercedes y
Rafael.
Enterados los labradores del proyecto del amo, habían levantado arcos
de ramaje por donde tenía que pasar y al acercarse el interesante grupo
lanzaron al aire un sin fin de cohetes de los que a causa de ser de día
sólo se vio un poco de humo oyéndose en cambio un ruido atronador. [40]
Las mozas y los mozos se habían puesto sus trajes de gala, llevando ellas
en sus cabellos flores silvestres. Los niños y las niñas cantaron un himno
dando al señor la bienvenida, y todos, sin distinción de sexo ni edad,
vitorearon a su señor con entusiasmo sincero y verdadero júbilo. El
anciano estaba profundamente conmovido.
Rafael, que conocía a cuantos chicos vivían por allí, observó que
faltaban jacinto y León, dos hijos de otros tantos guardas de aquellas
tierras. ¿Estarían enfermos? Vio a sus madres que iban juntas y que eran
algo parientas e íntimas amigas.
-¿Y los niños? Les preguntó el hermano de Mercedes.
-Se han quedado en casa castigados, contestó una de las mujeres.
-Y atados, contestó la otra, porque si no se escaparían.
-¿Pues qué han hecho? Interrogó D. Mario que iba cerca y se había
enterado de la conversación.
-Son muy malos, señor, murmuró una de las madres. Matan a los
pajaritos en sus nidos, destruyen o echan agua en los hormigueros,
estropean las plantas con piedras o palos y no hay quien haga carrera de
ellos.
-¿Los reñís por todo eso, verdad?
-Sí, señor, les reñimos, les pegamos, les dejamos sin comer, les
encerramos…
-¿Y no habéis probado hablarles con dulzura? [41]
-¿Para qué? Replicó una de ellas; no habían de hacernos caso.
-¡Quién sabe! Habría que intentarlo. ¿Están cerca de aquí?
-Sí, señor, en aquella casa que se ve a la derecha, les hemos dejado
juntos, pero están sujetos a las sillas y no pueden marcharse.
Quiso D. Mario ver a los muchachos y entró con las madres de éstos,
sus sobrinos y los niños en una gran sala del piso bajo de una de las
viviendas que daba de balde a sus guardas.
Los culpables estaban allí a bastante distancia el uno del otro,
atados y sufriendo su castigo de muy distinto modo. León, lleno de rabia,
lloraba a gritos, lanzando imprecaciones por aquella boca que sólo frases
hermosas y sencillas debiera pronunciar.
Jacinto estaba avergonzado, con la cabeza inclinada sobre el pecho,
inundadas de lágrimas las mejillas y sin pronunciar una sola palabra.
A él se acercó primero D. Mario y le preguntó con cariño:
-¿Porqué matas a los pajaritos de Dios? ¿Porqué deshaces los
hormigueros? ¿Te hacen daño las aves o las hormigas? ¿Te molestan en algo?
-No, señor, murmuró el niño.
-Los pájaros, prosiguió el anciano, nos alegran con sus cantos,
destruyen en los campos mil insectos dañinos para nuestras cosechas y las
hormigas son trabajadoras e inofensivas. Infatigables, [42] durante el
verano, llevando a veces pesos muy superiores a sus fuerzas, guardan para
el invierno lo que encuentran ahora en su camino sin que nada las arredre
y dando ejemplo a muchos hombres de laboriosidad. ¿Has pensado tú, alguna
vez en esto?
-No, señor, repitió el niño, no lo sabía siquiera.
-¿Lo haces porque te lo manda tu compañero?
Jacinto guardó silencio no queriendo acusar a su amigo.
El anciano se aproximó después a León, que no cesaba de gritar.
¿Y tú, le preguntó D. Mario, por qué maltratas a los animales? ¿Por
qué tienes tan mal corazón?
-Porque me son antipáticos, respondió el muchacho, y porque puedo
destruirlos siempre que se me antoje; son menos fuertes que yo, no me
hacen frente.
-Ya os conozco a los dos, repuso el caballero, y si vuestros padres
me hacen caso, cual espero, separaré la cizaña del trigo, como hacen los
labradores. Que Jacinto no vea más a León, que su madre le aconseje bien,
y no tardará en modificar lo que más que malos instintos es influencia
perjudicial de su amigo. En cuanto a León, le encerraremos en un colegio,
que casi, sea un correccional, donde cambien rígidos maestros su natural
perverso. ¿Aceptan ustedes? [43]
-Y muy reconocidas, dijo la madre del niño malo.
-Cuando yo vuelva para el otoño ya me informaré de si en estas
criaturas se ha operado el cambio que espero y deseo.
Siguieron paseando después y D. Mario preguntó a sus ahijados su
opinión respecto a lo que había de hacerse con las aves y las hormigas.
-A nosotros, dijo Mercedes, nos gustan mucho los pájaros y no
consentimos que nadie se acerque a los nidos. Cerca de los hormigueros
echamos granos de trigo o de arroz y miguitas de pan y nos entretenemos
viendo cómo las hormigas se lo llevan, desapareciendo todo en un momento
porque salen muchas a trabajar, aun las más pequeñas que apenas pueden con
su carga.
Habían llegado a un extenso maizal en el que crecían altivos y
gallardos algunos girasoles.
-¡Qué flor tan grande! Exclamó Rafael.
-¡Lástima que no huela! Añadió Mercedes.
-Sé a propósito de ella una fábula, dijo el padrino.
-¿Nos la quieres recitar?
-Con mucho gusto.
Y el anciano empezó de esta manera:
Dice más de un ser grave
que igual la fuente que la flor y el ave
saben hablar desconocido idioma
que es en la fuente su rumor suave [44]
y en la planta quizás es el aroma.5
Esto es sin duda un hecho, aunque asombroso,
pues yo sé que una tarde placentera
un girasol soberbio y jactancioso
enojado exclamó de esta manera:
-Orden da de cortar todos los días10
menudas flores, de este parque el amo,
cuando con sólo cuatro de las mías
puede formarse un elegante ramo.
¡Cómo el alma se engaña, cuál se ofusca!
Mis pétalos de oro nunca observa15
y a la violeta busca
que se esconde medrosa entre la hierba.
No admira mi arrogancia, mis colores,
al pasar a mi lado,
¡yo, que debiera ser entre las flores20
lo que el Sol a otros astros comparado!
Y esto escuchando, replicó una fuente
que era a aquella cuestión indiferente:
-Te quejas sin razón, pues ten en cuenta
que una lección te ofrece el mundo, donde25
se desprecia al que méritos ostenta
premiando en cambio a aquel que los esconde.
Es la modestia un don, puro, precioso,
que halla para lucir propio destello;
comprende, vanidoso,30
que no siempre lo grande y lo vistoso
suele ser lo más útil y más bello.
[45]
-Esto es verdad, padrino, dijo la niña cuando acabó de recitar la
fábula el anciano. Yo sé [46] que todas las plantas sirven para algo, tú
me lo has dicho y papá también me lo ha explicado muchas veces, pero no
son igualmente bellas. Un ramo de girasoles no me gustaría, no sería
bonito, ni elegante, ni tendría buen olor. La fuente le dio una lección
diciéndoselo y no hay duda de que la aprovecharía.
El paseo se prolongó hasta el anochecer. Ya el sol se había ocultado
detrás de las montañas; volvían del campo las carretas tiradas por bueyes
cargadas de heno formando una masa enorme; los trabajadores regresaban a
sus hogares felices y tranquilos; algunos entonaban dulces o alegres
canciones que el eco repetía. Los pájaros se recogían en sus nidos y no se
oía el canto del gallo ni el arrullo de las palomas.
La campana de una aldea poco distante, compuesta de dos docenas de
casas y una iglesia, lanzó los nueve tañidos de la Oración y D. Mario y
sus acompañantes se detuvieron quitándose los sombreros el anciano, su
sobrino y Rafael.
-El Ángel del Señor anunció a María… empezó el padrino.
Y después que rezaron el Angelus se dirigieron hacia su casa en la
que entraron ya de noche.
¿Recordarás para mañana algún cuento? Preguntó Mercedes al dueño de
aquellas vastas tierras.
-Sí, contestó él, traigo preparados los que corresponden a los tres
meses del estío. [47]
-Los oiremos con mucho gusto, dijo Rafael.
-Y los aprenderemos para repetirlos después a otros niños, añadió
Mercedes.
Cumpliendo lo ofrecido, D. Mario narró con voz clara y facilidad de
palabra los tres siguientes cuentos:
[48]
Julio
El sueño del segador
Florencio era un galleguito que había abandonado su poética aldea
para ir a una tierra distante con una cuadrilla de segadores. Era la
primera vez que se había separado de su madre, una buena mujer que, según
probaba su fe de bautismo, era todavía bastante joven, pero que por su
aspecto parecía una vieja. Él la veía con los ojos del alma con el hermoso
cabello negro cuajado de hilos de plata, la mirada triste, las manos
encallecidas por el trabajo, los pies desnudos, mal vestida con miserables
ropas. Florencio no tenía padre, había muerto en un naufragio, y el resto
de su familia lo componían [49] dos rapazuelas rubias y sonrosadas,
demasiado niñas aún para ayudar a la madre en sus faenas. Tenían allá en
el pueblo una casita y una tierra rodeada de altos maizales. Una parra que
daba en el otoño grandes racimos de uvas negras y algunas hortalizas
constituían toda la fortuna de aquella pobre gente.
El bello ideal de la buena mujer era tener una vaca, pero, a pesar de
la increíble economía con que vivía, aunque hacía puntillas primorosas
para venderlas por los pueblos cercanos, era muy poco lo que había logrado
reunir en varios años de trabajo incesante. Para llevar algún dinero a su
madre, había partido Florencio de su aldea.
-Si yo tuviese veinte duros más de lo que puedo ganar segando, se
decía, mi madre comprar a una vaca de aquellas rojas y pequeñas de mi
pueblo que dan tan buena leche y que nos proporcionaría alimento a
nosotros y dejaría bastante para vender.
Mi madre trabajaría en sus puntillas como ahora, pero no labraría la
tierra, que esto lo haría yo; y mis hermanitas llevarían la leche a
algunas casas donde nos han dicho que la comprarían si tuviéramos una
vaca. ¡Si me atreviese a jugar a la lotería! Pero… ¿y si no me cae y
pierdo el dinero?
Fija esta idea en su mente, le dijo a un segador de la cuadrilla en
que trabajaba si quería jugar con él, éste aceptó y convinieron en que
Florencio tomaría un décimo de tres pesetas, [50] dando la mitad del
dinero cada uno. El décimo lo guardó el hombre que entregó en un papel el
número al muchacho, mal escrito, pero bastante claro para que se pudiera
leer.
Pasaron unos días, llegó el sorteo, se publicó la lista, y el segador
dijo a Florencio:
-Mala suerte hemos tenido, no nos ha tocado nada; puedes romper el
papel que te di con el número.
Pero el galleguito no lo rompió aunque dijo al otro que lo había
hecho.
Tocaban a su término las faenas que a aquel campo les llevaron. La
siega estaba hecha, no sin trabajo porque el sol abrasaba. A la hora de la
siesta se echaba toda la cuadrilla a dormir en [51] el campo, buscando la
poca sombra que había, ya junto a una tapia, ya al pie de un árbol. Aquel
mes de julio había sido de un calor excepcional y los pobres segadores,
sudorosos, jadeantes, deseaban ardientemente volver a sus pueblos de
Galicia a aspirar el aroma de sus campos, a disfrutar sus suaves brisas, a
admirar sus altivas montañas, a comer los sabrosos frutos de sus árboles o
de sus viñas. Mal vestidos, peor alimentados, cubiertas las cabezas con
grandes sombreros de paja que apenas les preservaban de los rigores de la
estación, contaban los días que les quedaban de aquel penoso trabajo que
ya felizmente iba a terminar.
Una tarde, la penúltima que habían de permanecer allí, Florencio
dormía tranquilamente en lo más lejano de aquel campo extenso, con el
sombrero echado sobre su cara para evitar los rayos del sol. Soñó que un
niño de rostro preciosísimo se había acercado a él poniendo en su mano un
billete de banco de cien pesetas, diciéndole:
-Toma, este es el dinero que necesita tu madre para comprar la vaca
pequeña y roja que ha de llevar la holgura a tu casa.
Antes de que él le diera las gracias, el niño había abierto unas alas
como de paloma y había remontado el vuelo, subiendo tanto, tanto, que no
había tardado en perderle de vista. Cuando Florencio se despertó aún
faltaba media hora para que se reanudasen los trabajos. Tenía deseos [52]
de andar un poco antes de emprender la faena y se paseó entre los haces de
trigo que alfombraban el campo. De repente se detuvo porque sus pies
habían tropezado con un objeto. Era una cartera de piel bastante grande y
muy abultada. El niño se sentó en el suelo, la abrió y quedó deslumbrado.
Estaba llena de billetes de banco y de monedas de oro. Aquello
representaba una fortuna, había dinero para comprar muchas vacas, para
proporcionar la alegría y la riqueza a su buena madre y a sus hermanitas,
las rapazuelas de cabellos rubios. Se guardó la cartera en el bolsillo de
su blusa y continuó meditabundo su paseo. Aquel dinero no era suyo, aquel
dinero podía ser de alguno que lo necesitase… ¿tendría derecho a
quedarse con él?… [53] ¡Si no lo reclamase nadie! Su conciencia de niño
bueno y honrado le decía que era preciso restituir lo que la casualidad le
había hecho encontrar.
Vio de lejos al amo que buscaba algo entre los haces de trigo;
parecía contrariado y de mal humor. Sin duda había él perdido la cartera.
¡Bah! El amo era rico y aquel puñado de billetes no representaría
gran cosa ni haría mella en su fortuna. Florencio estaba casi decidido a
no devolver la cartera; miró al cielo como para consultarle y fe pareció
que allí arriba, muy alto, casi junto al sol se alejaba el angelito con el
que soñara, agitando las alas y llorando por la maldad de los hombres.
Florencio se dirigió al sitio donde estaba el amo y le preguntó con
voz trémula:
-Señor, ¿se le ha perdido a Vd. alguna cosa?
El amo contestó un tanto alterado:
-Sí, una cartera grande con dinero que necesitaba para un pago que
tenía que hacer hoy.
-Aquí está, murmuró el niño entregando el objeto encontrado.
El hombre abrió la cartera, contó lo que contenía, vio que nada
faltaba, miró con sorpresa al muchacho y guardando el dinero, dijo:
-Está bien, has cumplido con tu deber, serás siempre un hombre
honrado.
Y se alejó sin darle nada.
Florencio emprendió su trabajo feliz al saber que era digno de
aquellas palabras. Había tenido la fortuna en su mano, pero no ignoraba
que [54] por ese medio su madre la hubiera rehusado. Ya no había vaca, por
aquel año al menos.
El galleguito que había pasado la tarde ayudando a encerrar el trigo
en el granero, notó la ausencia del hombre que había jugado a la lotería
con él; lo participó a sus compañeros de trabajo; ninguno le había visto.
Ya casi de noche, unos segadores le hallaron en medio del campo, tendido
en el suelo; había muerto de una insolación. Avisaron al amo, que le hizo
trasladar a su casa dando parte al juez de lo ocurrido.
Grande fue el asombro de todos al encontrar cosida al chaleco de
aquel miserable una bolsa que contenía cerca de dos mil duros en billetes.
¿De dónde podía proceder aquel dinero?
Un viejo alto y seco, al que llamaban el tío Camillas, paisano del
difunto y de Florencio, un hombre que era todo bondad, todo corazón, llamó
aparte al amo y le dijo:
-El segador que ha muerto había jugado un décimo a la lotería con ese
chiquito que traje este año a la cuadrilla recomendado por su madre; él
dijo que no había caído nada, pero ¿quién sabe si engañó al muchacho y se
guardó el dinero ganado?
El amo interrogó a Florencio, éste le enseñó el papel con el número y
poco se tardó en saber que el décimo había sido uno de los agraciados con
el premio mayor.
De aquel dinero hizo el dueño de aquellos campos dos partes, una que
destinó al afortunado [55] niño, otra que dio al tío Camillas para la
viuda y los hijos del muerto. Recomendó al viejo que no se separase del
muchacho hasta entregársele a su madre.
El júbilo de Florencio no tenía límites. ¡Cuántas vacas podría
comprar con aquellos billetes!
El amo, que los había guardado en una cartera, se la dio al niño del
que se despidió con el mayor afecto. El viejo y su acompañante partieron
para su tierra.
En el tren se durmió Florencio y soñó que el angelito que ya se le
había presentado otras veces, bello y sonriente, había metido algo dentro
de la cartera que le dio el amo; la misma acaso que él encontrara.
Cuando llegó a su pueblo donde le esperaban ansiosas su madre y sus
hermanitas, al contarles lo ocurrido, puso sobre una mesa los billetes de
banco y vio sorprendido que había además de los mil duros cincuenta más
que todos supusieron le había regalado el amo en premio de su honradez;
todos a excepción de Florencio, que creyó siempre los había puesto con los
otros billetes el angelito de su sueño.
El tío Camillas, que no tenía familia ninguna, se fue con Florencio y
la suya y con ellos vivió feliz y tranquilo siendo considerado por la
mujer como si fuera su padre y querido por los niños como si hubiese sido
su abuelo.
En aquella casa reinaron para siempre la paz y la felicidad. [56]
Agosto
La Procesión
Aquellas dos niñas huérfanas de madre, a las que ésta había llamado
siempre Consuelo y Gracia, inspiraban la mayor compasión a todas las
vecinas del barrio. El padre, un hombre sin creencias, continuamente
metido en las tabernas [57] bebiendo o jugando tenía a las pobres
criaturas en el mayor abandono. A poco de casarse se había marchado a
América, había estado seis años en Chile y el Perú regresando con algún
dinero y con aquellas niñas a las que él sólo nombraba Chilena y Panamá.
-¡Ni que fueran perras! Exclamaban las buenas mujeres que vivían
cerca de aquella familia: esos no son nombres cristianos.
El hombre, que se llamaba Gilberto, había prohibido a su esposa que
hablase de religión a las niñas y que les enseñase a rezar, pero la
excelente madre cuando el marido se ausentaba, procuraba inculcar en
aquellas tiernas almas los bellos sentimientos de que se hallaba adornado
su corazón, haciéndoles repetir las oraciones que eran un lenitivo para
sus pesares. Por desgracia la buena mujer murió cuando más falta hacía
dejando a aquellas niñas solas.
Gilberto era muy malo. Cuando él salía echaba la llave a su puerta y
las criaturas se quedaban encerradas. Les daba poco de comer, las [58]
dejaba que fuesen cubiertas de harapos, y él gastaba lo que le restaba del
dinero que trajo de América en darse la mejor vida posible.
Una señora vecina suya se atrevió a decirle un día:
-Debía Vd. de llevar las niñas a un colegio; se van a criar como unas
salvajes.
-Ya he pensado en ello, respondió él. Van a fundar una escuela
protestante y en cuanto el proyecto se realice se pasarán allí muchas
horas.
-Los católicos del pueblo, que somos casi todos sus habitantes,
impediremos que la escuela se funde.
-Pues si lo logran Vds., replicó Gilberto, Chilena y Peruana seguirán
encerradas como ahora porque así me conviene a mí que soy su padre. Nadie
más que yo tiene derecho y autoridad sobre esas niñas que de nada me
sirven. Si su madre hubiese vivido más tiempo, dejándolas mayores, me
hubiesen sido útiles ayudándome con su trabajo a ganar la vida, pero así
tan pequeñas están de sobra para mí.
Las pobres niñas fueron creciendo en el mismo abandono, sin hablar
con ninguna persona, no paseando más que por el patio que había a espaldas
de su casa y cuyas altas tapias les impedían ver las viviendas de sus
vecinos.
Una hermosa tarde del mes de Agosto, el día 15, se hallaban las dos
hermanitas jugando cuando oyeron una música lejana. [59]
-¿Qué será eso, Chilena? Preguntó la menor.
-No sé, respondió la otra. Es una cosa muy bonita y daría algo bueno,
si lo tuviera, por ver cómo son los instrumentos que tocan.
-¿Quieres, prosiguió la que llamaban Peruana, que probemos a traer la
escalera de mano que hay en casa y nos subamos por ella a la tapia?
-Pesará mucho.
-La traeremos arrastrándola cuando nos falten las fuerzas.
Y dicho y hecho. Las dos chicuelas entraron en la casa, cuyas
ventanas que daban a la calle estaban cerradas siempre, cogieron la
escalera de mano y no sin dificultad ni trabajo la sacaron al patio y la
arrimaron al muro. Una vez logrado esto subió primero la pequeña ayudada
por la mayor, y se sentó en el borde de la tapia; después hizo lo propio
la otra niña.
A su vista apareció un hermoso campo con altos árboles, terrenos
sembrados de hortalizas y una larga calle de álamos a lo último de la cual
se divisaba una torre con una cruz, la capilla de la Virgen que hacía años
no habían visitado, desde mucho antes de morir su madre. Por la alameda
venía la procesión para llevar la imagen santísima a la parroquia donde se
cantaba una solemne Salve y volvía luego cruzando todo el pueblo, por
distinto camino, para quedarse otra vez en la pequeña iglesia.
Tocaban a fiesta las campanas y muchas personas [60] se apiñaban al
pie del muro para ver la comitiva.
Abrían la marcha varios hombres con estandartes cuyas cintas llevaban
preciosas niñas vestidas de blanco, luego el sacristán con la manga de la
parroquia, las personas que formaban la cofradía con velas encendidas, el
clero al que seguía la milagrosa imagen sobre doradas andas, la Virgen,
una Asunción de talla, con túnica azul y manto encarnado, con los hermosos
ojos fijos en el cielo y los pies apoyados en blancas nubes, y por último
la banda municipal, compuesta de una docena de hombres y niños con
uniforme azul y galones dorados. Al pasar la imagen de la Virgen, la gente
se arrodillaba y las mujeres rezaban la Salve en alta voz.