La gaita maravillosa
Érase que se era un padre con tres hijos.
Los dos mayores eran inteligentes y aplicados, pero el tercero era algo
simplote y le gustaba más jugar que estudiar.
El muchachito creÃa que ni sus padres ni sus hermanitos le querÃan, pues
siempre le estaban regañando o burlándose de él por su ignorancia.
Cuando ya fue mayor, su padre le buscó una colocación de pastor en casa
del labrador más rico del pueblo.
Ya llevaba bastante tiempo cuidando las ovejas y cumplÃa muy bien como
pastor, por lo que era muy apreciado, de sus amos.
Un dÃa apacentaba el ganado, sentado en una piedra, sin hacer nada,
como de costumbre, cuando se le acercó una anjana , que entabló
conversación con él.
- ¿Por qué estás aquà de pastor, muchacho? – preguntó la anjana.
-Porque mis hermanos y mi padre no me quieren… Siempre estaban
burlándose de mÃ.
- Algún dÃa te burlarás tú de ellos… ¿Cómo te va de pastor?
- Muy bien, señora.
- ¿Qué tal es tu amo?
- Muy bueno.
- ¿Te da bien de comer?
- SÃ, señora.
- ¿Y tú no te cansas de estar hora tras hora sin hacer nada?
-SÃ, señora; me aburro extraordinariamente, pero como no sirvo para
trabajar ni para estudiar, ¿qué quiere que haga? He pensado comprarme
una gaita cuando el amo me pague.
- No tienes necesidad de ello. Te voy a regalar yo una que tiene la virtud de
hacer bailar a todo el mundo cuando la tocan… Aquà la tienes.
Y la anjana, después de entregarle el instrumento, se despidió de él y se
marchó.
Cuando el muchacho quedó solo, probó a tocar la gaita e inmediatamente
se pusieron a bailar las ovejas. Estuvo tocando hasta que se cansó y las
ovejas, reventadas de tanto bailar, se tumbaron en el suelo a descansar.
Todos los dÃas, a media mañana y a media tarde, hacÃa bailar a las ovejas;
luego las dejaba descansar. Con el ejercicio se les abrÃa el apetito y comÃan
mucho y como luego reposaban, se pusieron muy gordas y lustrosas.
El pastor no decÃa a nadie la virtud de su gaita, pero se enteraron otros
pastores y, por envidia, dijeron al amo que el muchacho estaba loco o era
brujo, porque estaba enseñando a bailar a las ovejas.
El amo no querÃa creer tal cosa, pero los otros insistieron tanto, que
decidió comprobarlo al dÃa siguiente por sus propios ojos.
Llegó, pues, al dÃa siguiente a ver al rebaño y observó, que todas las ovejas
estaban acostadas.
- ¿Que les pasa a las ovejas que no comen? – preguntó al pastor.
- Es que están descansando, señor.
- Me han dicho que las haces bailar… ¿Es verdad?
- SÃ, señor… Bailan cuando yo les toco la gaita, luego descansan y comen
más a gusto; por eso están tan gordas y lustrosas.
- ¿Las podrÃas hacer bailar delante de mÃ?
- Claro que sÃ. Cuando usted quiera.
- Ahora mismo.
Empezó a tocar el pastor la gaita. En el acto comenzaron a levantarse las
ovejas y corderillos y se pusieron a bailar. El amo, riendo a carcajadas,
bailó también sin darse cuenta.
Cuando el pastor cesó de tocar, se acostaron de nuevo las ovejas y el amo
tuvo que tumbarse también de cansado que estaba.
Volvió el amo algo más tarde a casa y contó a su mujer lo sucedido.
- ¿Dices que al tocar la gaita el pastor has estado bailando tú y las ovejas?
-preguntó la esposa, incrédula. -¿Cómo quieres hacerme tragar esas
paparruchas? ¿Has bebido?
- No he bebido y lo que te estoy diciendo es la verdad… Ve mañana a verlo
y te convencerás.
Al dÃa siguiente, el ama se dirigió al lugar en que el pastor de la gaita
apacentaba el ganado.
-¿Es verdad que haces bailar a las ovejas, simplote? -preguntó
bruscamente.
- SÃ, señora.
- Pues hazlas bailar que yo lo vea.
El muchacho empezó a tocar la gaita y las ovejas, levantándose, iniciaron
una danza desenfrenada.
El ama también estuvo dando saltos y cabriolas, con tal viveza que no
tardó en fatigarse, por lo que cuando el pastor, compadecido, cesó de
tocar, se dejó caer al suelo, sin poder hablar.
Cuando descansó un poco, se levantó y gritó al pastor:
- No puedo consentirte esta burla, mostrenco… A la noche vas a casa para
que te dé la cuenta… Quedas despedido.
Volvió el ama a su casa. El marido la vio sofocada y comprendió que habÃa
estado bailando como él.
- ¿Te has convencido ya? – preguntó
Ella contestó furiosa:
- SÃ… He visto bailar a las ovejas y he bailado yo hasta que al animal de tu
pastor le ha dado la gana. Por eso lo he despedido… No puedo aguantar
que se haya burlado de mÃ.
Entregaron la cuenta al pastor aquella misma noche y el muchacho se
marchó a su casa muy cariacontecido. Cuando llegó dijo a sus hermanos y
a su padre que habÃa sido despedido, pero sin explicarles el motivo, para
no tener que hablar de su gaita.
El padre dijo que, aunque era un inútil, procurarÃa encontrarle otra
colocación y que comprendiera que sus hermanos iban a tener que
trabajar para él.
Entonces respondió el muchacho:
-A mà me gusta mucho ser pastor, papá; pero el ama se ha enfadado
conmigo porque la he hecho bailar…
Los hermanos empezaron a reÃrse de él y el muchacho se calló.
Al dÃa siguiente, el hermano mayor salió, por encargo de su padre, a
vender un cesto de manzanas.
A pocos metros de la puerta de su casa le salió al encuentro una viejecita
que le preguntó:
- ¿Qué llevas ahÃ, muchacho?
- Ratas – contestó.
- Ratas serán – repuso la vieja.
Siguió andando, con la gran cesta al brazo, entró en una casa y preguntó
si querÃan manzanas. Le dijeron que las enseñara y al abrir la cesta
empezaron a salir ratas…
Los habitantes de la casa salieron despavoridos, llamaron a todos los
vecinos y le dieron al muchacho una paliza fenomenal por aquella broma
de mal gusto.
El pobrecillo, cuando volvió a casa, tuvo que meterse en la cama.
Al dÃa siguiente se fue el segundo hermano a vender manzanas con la
misma cesta.
Salióle al encuentro la misma viejecita y le preguntó:
- ¿Qué llevas en el cesto, muchacho?
- Pájaros – contestó.
- Pájaros serán – repuso la anciana.
Entró en una casa a vender manzanas y cuando abrió la cesta salieron los
pájaros volando. Los de la casa rieron hasta desternillarse de lo que creÃan
una broma y el muchacho volvió a la suya muy desconsolado.
El hermano menor dijo a su padre:
- Quiero ir yo a vender manzanas, papá.
Los otros hermanos empezaron a gritar:
- No lo dejes, papá… ¿A dónde va a ir esa calamidad?
Pero el padre le dejó llenar la cesta y salir.
Encontróse el pequeño con la anciana, que le preguntó:
- ¿Qué llevas en ese cesto, muchacho?
- Manzanas, abuela. Y que son hermosas y sanas… Tome una y pruébela…
- No, hijo mÃo. Muchas gracias. Vete a venderlas y no te entretengas.
Llegó a una casa ofreciendo las manzanas. Le pidieron que se las enseñara
y al ver lo buenas que eran le compraron media cesta. Echó entonces el
dinero en un taleguillo y se fue a otra casa.
Ofreció las manzanas, le dijeron que las mostrara y, al abrir la cesta,
observó que estaba llena. Compráronle media cesta, guardó el dinero en el
taleguillo y siguió su camino.
Cada vez que entraba en una casa y abrÃa la cesta se la encontraba llena.
Asà fue vendiendo manzanas y manzanas, llenó de dinero el taleguillo,
todos los bolsillos y un pañuelo, que ató por las cuatro puntas.
Ya se volvÃa a casa, decidido a no vender más manzanas, y habÃa sacado la
gaita para entretenerse por el camino, cuando le salió la anjana que se la
habÃa regalado, y que le dijo:
- No toques la gaita hasta que llegues a tu casa.
Guardóse, pues, la gaita, y se encaminó a su casa, donde vio que
solamente estaban sus hermanos. Abriéronle la cesta y al verla llena de
manzanas empezaron a burlarse de él, pero el muchacho sacó entonces la
gaita y empezó a tocar, haciendo bailar a sus hermanos, hasta que éstos
cayeron al suelo rendidos de cansancio.
Poco más tarde llegó el padre; acompañado de la bruja buena.
-Hijos mÃos -dijo a los dos mayores -no volváis a burlaros de vuestro
hermano menor, porque es el mejor de los tres.
La anjana añadió:
-Yo fui quien os convirtió las manzanas en ratas y en pájaros, para
castigaros por vuestras mentiras… En cuanto a ti, agregó, volviéndose al
pequeño, devuélveme la gaita, pues ya no la volverás a necesitar.
Y como los mayores no molestaron más al pequeño y éste empezó desde
aquel dÃa a trabajar con celo, vivieron muy felices y comieron perdices.