El príncipe serpiente

El príncipe serpiente (Cuento de la India)
UNA VEZ EN UNA CIUDAD de la India vivía una pobre mujer vieja que no tenía nada que comer, excepto un poco de harina seca. Bajó al río con un puchero de latón para coger agua y mezclarla con la harina para poder hacer un poco de pan.
Dejó el puchero de latón en la orilla mientras se bañaba. Un poco más tarde, cuando fue a llenarlo de agua, levantó la cubierta de paño y vio dentro los relucientes anillos y la vibrante lengua de una serpiente venenosa!
Volvió a poner el paño, diciendo: “Mejor morir de la mordedura de una serpiente que de hambre. Te llevaré a casa, te sacaré del puchero, y todos mis problemas habrán acabado”. Pero cuando volcó el puchero en su chimenea de piedra, en lugar de una serpiente, cayó un collar de piedras preciosas.
La anciana le llevó el magnífico collar al rajá, quien la recompensó con dinero suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida.
Poco después el rajá fue invitado por un rajá vecino para celebrar el nacimiento de su hija. El rajá le dijo a su esposa, la raní: “Esta es tu oportunidad para lucir ese hermoso collar”. La raní fue a su joyero para sacar el collar, pero cuando abrió la tapa, en lugar de un collar encontró un hermoso niño que gorjeaba y protestaba. La raní, que no tenía hijos propios, lo cogió, exclamando: “Tú eres más precioso que cualquier collar”
Entonces el rajá mandó recado a su vecino de que no podía ir, porque tenía que celebrar el nacimiento de su propio hijo.
Con el tiempo, se acordó que los dos niños se casarían, y cuando crecieron, la boda se celebró con gran regocijo. Pero el rajá y la raní vecinos habían oído rumores de que había algo extraño en el nacimiento del príncipe. Le dijeron a su hija que no le dirigiera una palabra a su marido después de la boda. “Cuando te pregunte el motivo -le presionó su madre-, le dices que no le hablarás hasta que te cuente el secreto de su nacimiento”.
Después de la boda, el principe le rogó a su esposa que le hablara.
-Dime el secreto de tu nacimiento”, dijo ella.
Y é1 contestó: “Si lo hago, te arrepentirás el resto de tu vida” .Y así pasaron los días en un triste silencio. El secreto del príncipe se cernía entre hombre y mujer como una nube entre el sol y la tierra.
Al final el príncipe ya no podía soportarlo más. “A medianoche verás cumplido tu deseo -dijo-. Pero te advierto que te arrepentirás.” Su esposa no hizo caso de sus consejos.
A medianoche cabalgaron hasta el río, donde la anciana había ido con su puchero de latón. El príncipe dijo: “¡Todavía insistes en saber ni secreto!”
¡Sí!, contestó su esposa.
“Entonces -dijo el príncipe-, que sepas que yo soy el hijo de un rey de un país lejano, que por un hechizo me convertí en una ser…”
Cuando el príncipe pronunció la fatal palabra, se convirtió en una serpiente y se metió en el río. A la luz de la luna, la princesa vio en las negras aguas los anillos de la serpiente nadando lejos. Y entonces se quedó sola en la orilla. La princesa lloró desesperadamente y se rasgó los vestidos. Ordenó a sus criados que construyeran una pequeña casa de piedra negra junto al río, y allí vivía, llorando a su marido.
Y pasó el tiempo. Un día, cuando la princesa se despertó, vio un rastro de barro húmedo en la alfombra de su habitación. Llamó a los centinelas, pero juraron que no había entrado nadie dentro, La noche siguiente, pasó lo mismo. La tercera noche, la princesa estaba decidida a permanecer despierta. Cogió un cuchillo, se hizo un corte en la mano y puso sal en la herida, para que el dolor la mantuviera despierta.
A medianoche, una serpiente se deslizó en la habitación, dejando un rastro de barro a su paso. Se arrastró hacia la cama, levantó su plana cabeza por encima del colchón y la miró fijamente.
“¿Quién eres? ¿Qué quieres?”, susurró la princesa temblando de miedo.
La serpiente contestó: “Soy tu marido. -La princesa empezó a llorar. La serpiente continuó-: ¿No te dije que si me obligabas a decirte mi secreto, te arrepentirías!”
“Me arrepiento -dijo-. Me arrepiento todos los días. Ojalá pudiera hacer algo para que todo fuera como antes.”
“Hay algo -dijo la serpiente-, pero es muy peligroso. Mañana por la noche coloca un cuenco grande con leche y azúcar en las cuatro esquinas de esta habitación. Todas las serpientes del río vendrán a beber, y la que vaya primero, será la reina de las serpientes. Le tienes que cerrar el paso en la puerta y decir: ‘¡Reina de las serpientes, reina de las serpientes, devuélveme a mi esposo!’. Si no muestras terror, ganarás mi libertad, pero si flaqueas, no me veras nunca más.” Esa noche, la princesa puso los cuencos de leche y azúcar, Y esperó. A medianoche oyó un siseo que provenía del río, y pronto la orilla del mismo estaba completamente llena de serpientes. A la cabeza iba una enorme criatura con vibrantes escamas.
Los centinelas de la princesa huyeron despavoridos. Pero la princesa permaneció en la entrada y ordenó: “Reina de las serpientes, devuélveme a mi esposo”
Las susurrantes y retorcidas serpientes parecían sisear: “¡Essposso!, ¡essposso!”
La cabeza de la serpiente reina se balanceó de un lado a otro, fijando sus brillantes y malvados ojos en la princesa. Pero la princesa no flaqueó. “Reina de las serpientes, devuélveme a mi esposo”, repitió.
¡Mañana! -dijo la reina de las serpientes-. ¡Mañana… Entonces la princesa se hizo a un lado, y las serpientes entraron en la habitación, empujándose sobre los cuencos de dulce leche.
Al día siguiente, la princesa se vistió con su más bello sari y esperó. A mediodia el príncipe cruzó el umbral Y cayeron uno en brazos del otro. Nunca más hubo secretos entre ellos.