Erase vez y vez un pescador muy pobre, que vivía en una chocita en la orilla de un río, muy claro, muy manso, aunque profundo, el que huyendo del sol y la bulla, se entraba por entre árboles, zarzas y cañaverales a escuchar a los pajaritos que le alegraban con sus cantos.

Un día que, metido en su lanchita, iba el pescador a echar sus redes, vio bajar pausadamente por la corriente una arquita de cristal. Bogole al encuentro, y ¡cuál no sería su asombro al ver en ella acostadas sobre algodones a dos criaturas recién

nacidas, niño y niña, al parecer mellizos! Al pobre pescador le dio mucha lástima de ellas y se las llevó a su mujer, que a la sazón estaba criando.

-¡Eso es! -dijo esta cuando se los presentó-. Tenemos ocho hijos, y como si no tuviésemos bastantes, me traes unos pocos más.

-Mujer -repuso el pobre pescador-, ¿y qué hacía?… ¿Dejaba ir sin projimidad ni caridad ninguna a estos angelitos río abajo, a que se muriesen de hambre o a que se los tragase la mar con sus grandes tragaderas? ¡Dios, que nos envía estos dos hijitos más, cuidará de ayudarnos a criarlos!

Y así sucedió; porque los niños se criaron sanos y robustos a la par de sus otros ocho hijos. Eran ambos tan buenos, tan dóciles y tan compuestitos, que el pescador y su mujer los querían mucho, y de continuo se los ponían por ejemplo a sus otros hijos, por lo cual estos, envidiosos y enrabiados, les hacían mil injusticias y mil agravios; de manera que huyendo de estos vejámenes, se iban los huérfanos a refugiar entre las arboledas y cañaverales de las orillas del río. Divertíanse con los pajaritos, a los que llevaban migajas de pan, y estos, agradecidos, volaban a su encuentro y les enseñaban la lengua de los pájaros, que aprendieron pronto; y así se entretenían con ellos y les enseñaron muchas cosas muy buenas y muy bonitas, siendo una de ellas el levantarse temprano y otra el cantar. Un día que estaban los hijos del pescador más rabiosos que nunca, les dijeron a los mellizos:

-Nosotros somos bien nacidos e hijos de cristianos; pero vosotros, con toda vuestra compostura y señorío, sois unos mal nacidos, sin más padre ni más

madre que el río, lo propio que los sapos y las ranas.

Al recibir este insulto los huérfanos, que tenían vergüenza, se atribularon y avergonzaron tanto, que determinaron irse por esos mundos de Dios o buscar a sus padres.

A la madrugada siguiente, salieron, pues, sin que nadie los sintiese, y empezaron a caminar… a caminar… a la ventura, por esos campos. A medio día no habían vislumbrado pueblo alguno, ni visto alma viviente.

Estaban cansados, sedientos y abatidos, cuando al revolver un montecillo, se encontraron con una casita; pero cuando se llegaron a ella, la hallaron cerrada y ausentes sus dueños.

Entonces, descorazonados, se sentaron a descansar en un poyo que tenía la puerta. A poco rato notaron que se reunían una porción de golondrinas en el ala del tejado, y como son tan picoteras, se ponían a charlar unas con otras. Habiendo ellos aprendido la lengua de los pájaros, entendían lo que decían.

-¡Hola, comadre de la ciudad! -decía una de ellas que tenía el talante un poco palurdo, a otra que lo tenía muy fino y distinguido-.

¡Dichosos los ojos que la ven a usted! Pensé que tenía usted a sus amigas del campo olvidadas; ¡ya! ¡Como vive usted en un palacio!…

-Heredé el nido de mis padres -contestó la otra-, y como no lo han desvinculado, todavía lo sigo viviendo, como usted el suyo. Pero dígame, ante todo -prosiguió con fina política-, ¿cómo le va a usted y a toda su familia?

-Bien, a Dios gracias, porque aunque he tenido a mi Beatricilla con una fluxión de ojos que poco ha faltado para que se me quedase ciega, fui por nuestro remedio, el «pito-real», y se mejoró como por ensalmo.

-Pero, ¿qué novedades me cuenta usted comadre Beatriz? ¿Canta bien el ruiseñor? ¿Se eleva siempre tan airosa la alondra? ¿Se engalana el jilguero?

-Hermana -contestó la interrogada-, no tengo que contar a usted sino puros escándalos. La grey nuestra, que antes era tan inocente y morigerada, está perdida y va tomando los ejemplos de los hombres. ¡Es un dolor!

-¡Qué! ¿Las buenas costumbres y la inocencia no se encuentran en el campo ni entre los pájaros? ¡Comadre! ¿Qué me dice usted?

-La verdad pura y no más; figúrese usted que al llegar de nuestro viaje aquí, nos encontramos con las currucas, que se van cuando viene la primavera, los días largos y las flores, buscando el frío y los temporales; al ver esa insensatez, por compasión las quisimos disuadir, a lo que nos contestaron con la mayor insolencia.

-¿Cómo fue eso?

-Las dijimos:

-¿Adónde vais, locas?

-De dónde venís, disolutas,

que fuisteis pocas

y venís muchas?

Esta fue la respuesta que nos dieron, con la que nos hicieron salir los colores a la cara.

-¡Qué oigo! -exclamó su interlocutora-. ¿Quién ha osado nunca tacharnos a nosotras, las más honestas y fieles de las aves, de disolutas?

-¿Y qué pensará usted si le digo -prosiguió la primera- que la cogujada, que era tan tímida y tan mujer de bien, se ha hecho una

insolente ladrona, y que

La cogujada, en su trajín,

pica el garbanzo, pica el maíz;

y al sembrador que se enfada

al ver el daño que hace,

le dice muy descarada:

«Siembra más, que este no nace».

-¡Estoy atónita!

-Pues no sabe usted de la misa la media. Cuando llegué aquí y quise entrar en mi nido, me encontré en él, muy arrellenado, a un desvergonzado gorrión. «Este nido es mío», le dije. «¿Tuyo?», me contestó el muy grosero echándose a reír. «Mío y muy mío». «La propiedad es un robo», me pitó con coraje. «Señor… ¿Está usted en sí?», le dije. «Ese nido lo labraron mis abuelos; en él me criaron mis padres, y en él criaré a mis hijos». «No hay familia», me dijo aquel emberrenchinado. Al ver esto me desmayé, y todas mis compañera se pusieron a llorar. Cuando volví en mí, nuestros maridos habían echado a aquel pícaro ladrón. Pero usted, hermana, no verá tales escándalos por los palacios.

-¡Veo otros!… ¡Ay! ¡Si usted supiera!…

-¡Cuente usted! ¡Cuente usted! -exclamaron todas las golondrinas a un tiempo y precipitadamente; y después que el silencio se hubo restablecido,

merced a un recio y prolongado «oíd», que pitó la decana, la palaciega empezó su relato en estos términos:

-Han de saber ustedes que el Rey se enamoró de la más pequeña de las hijas de un sastre, que vivía cerca de palacio, y se casó con ella; y la niña se lo merecía, porque era tan buena como hermosa y tan humilde como discreta. Sucedió que tuvo que ir el Rey a una guerra, y la Reina quedó embarazada y con el sentimiento de separarse, en aquellas circunstancias, de su marido. ¡Con razón lo sentía! Porque los ministros y cortesanos, que no la querían por Reina, por ser hija de un sastre, tramaron perderla; por lo cual, cuando salió de su ocasión, dando a luz unos hermosos mellizos, los muy pícaros escribieron al Rey que lo que la Reina había parido era un gato y una culebra.