Cuento de la amistad y la enemistad
CUENTO DE LA AMISTAD Y LA ENEMISTAD
Arkadi y Boris Strugatsky
A las diecinueve en punto del treinta y uno de diciembre del año pasado Andrei T., acostado en el lecho, reflexionaba con resignada amargura sobre el pasado, el presente y el porvenir. Como es fácil calcular, faltaban cinco horas nada más para el Año Nuevo, pero esta circunstancia no prometía ninguna alegría a Andrei T., pues no yacía simplemente (era ridículo pensar que de pronto le hubieran entrado ganas de estar tumbado bajo la manta las últimas horas del año viejo), sino guardaba cama como le habían prescrito: le dolía la garganta y la tenía vendada.
Andrei T. yacía en el lecho y con resignada amargura pensaba que, a pesar de todo, no tenía suerte. Toda su enorme experiencia acumulada en catorce años de vida lo atestiguaba con certeza realmente dolorosa.
Por ejemplo, le bastaba por cualquier motivo (aunque fuera injustificado, eso no viene al caso) no aprenderse la lección de geografía para que lo llamaran sin falta a responder, con todas las consecuencias que de ello se derivan. Le bastaba pararse ante la mesa del hermano mayor, que era estudiante (por pura casualidad, sin proponerse nada malo) para que allí hubiera una sorprendente maquinita electrónica japonesa que sin tardanza se le escapaba de las manos y caía estrepitosamente al suelo. También con todas las consecuencias que de ello se derivan. Le bastaba comerse el rubIo, trabajosamente adquirido, en helado (tres bolas: mantecado, chocolate y fruta en el correspondiente almíbar) para que literalmente a dos pasos de la cafetería descubriera a un librero ambulante que vendía los últimos ejemplares de Novelas policíacas extranjeras.
En efecto, no tenía suerte. La suerte se le acabo tres años atrás cuando le regalaron para su cumpleaños un boleto de rifa y gané con el un despertador .
Pero hasta la mala pata debe tener algún limite. Enfermar de angina pocas horas antes del Año Nuevo eso ya no es mala pata simplemente. Eso es ya el destino. La fatalidad.
La ley del buterbrod o bocadillo, dijo papá. Es muy posible. Papa expresa a menudo ideas muy sensatas. De la ley del buterbrod habló por primera vez en tiempos remotos, hará unos tres años. Andrei T. pensó entonces que buterbrod en este caso era el nombre de un gran sabio alemán y que se escribía con dos tes. Incluso inscribió a este Buttdbrod en un crucigrama en vez de Heisenberg, con lo que lleno de indescriptible y ofensivo júbilo al hermano mayor. Mucho ha llovido desde entonces y muchos bocadillos se han caído de las manos al suelo, a la acera y simplemente a la húmeda tierra antes de que la Gran Ley arraigara en la conciencia de Andrei T. con toda su implacable precisión: el bocadillo cae siempre con la mantequilla (el caviar, el queso, o la confitura) para abajo y de eso no hay salvación…
De eso no hay salvación.
Si el hombre dio a Milka Ponomariova a copiar la prueba de control, al hombre le ponen “una banana” por haberle copiado la prueba de control a Milka.
Si el hombre se acomoda silenciosamente y sin estorbar a nadie frente al televisor para deleitarse con uno de Los diecisiete instantes de la primavera, lo levantan, le ponen el traje de gala de fuerza y lo llevan al cumpleaños de la abuela Varia, que no tiene televisor por principio.
Y si el hombre, derrengado de la geografía y la literatura, alienta en el alma la ilusión de celebrar la fiesta del Año Nuevo y las merecidas vacaciones en la garita de Gribanov, puede darlo todo por perdido: al hombre lo ataca una angina folicular y aun ha de dar las gracias porque no es la peste, la lepra o la alopecia…
A las diecinueve horas cinco minutos, con el fin de aclarar si había mejorado la situación, Andrei T. efectuó un trago experimental en seco. La situación no había cambiado, le dolía la garganta. En vano, pues, había ingerido los repugnantes y amargos polvos, había enjuagado las martirizadas cuerdas bucales con asquerosas soluciones y había aguantado en el cuello el punzante vendaje de lana. Tal vez mama debería haber seguido el consejo de la abuela Varia y haberle rodeado el cuello de arenques pelados. Andrei T. sabía en el fondo de su alma que esta medida extrema y bárbara no habría conducido a nada. Estaba perdida la noche de Año Nuevo, estaban perdidas las vacaciones, estaba perdido todo aquello en aras de lo cual había vivido y trabajado el ultimo mes del segundo trimestre. Era tan insoportable comprenderlo que Andrei T. se volvió de espaldas y se permitió lanzar un gemido bajito. Era el gemido de un hombre valiente caído en la trampa. El gemido de un astronauta precipitándose en su nave rota a los negros abismos espaciales de donde no se regresa. En una palabra, era un gemido desgarrador.
Mientras tanto, papá y mama se encontrarían ya probablemente en el lugar, en las inmediaciones de la garita de Gribanov donde tan admirablemente destellan al resplandor de la hoguera los esponjosos montones de nieve, donde las ramas de los corpulentos abetos y pinos, agobiadas por la nieve, proyectan misteriosas sombras, donde se puede cavar túneles en la nieve y corretear por el bosque lanzando gritos de guerra y luego, subido al altillo de la estufa, escuchar las risas y discusiones de los adultos y las canciones del hermano mayor, estudiante, al son de la guitarra… .
Por cierto, en aras de la justicia hay que decir que la súbita angina de Andrei T. estuvo a punto de interrumpir esta tradicional excursión familiar. Al principio mama se expresó categóricamente en el sentido de que ella se quedaría con Andrei y no iría a ninguna garita de Gribanov. Inmediatamente, no queriendo ser menos magnánimo que ella, se expresó en el mismo sentido papá. Y hasta el hermano estudiante, privado por completo de sentimientos familiares, sobre todo cuando se trataba del fusil de pequeño calibre, de los prismáticos de doce aumentos y de la ya mencionada computadora japonesa, se ofreció a pasar la noche de Año Nuevo junto al “lecho del dolor”, refiriéndose seguramente a la cama del enfermo. Salvo la situación el abuelito. Al enterarse en el ultimo momento de la contrariedad se presento y los echo a todos de casa, guiño un ojo a Andrei T. y se acomodo en la habitación contigua a hacer susurrar los periódicos y canturreando en voz baja “Ay, en aquella montaña los segadores siegan…” El abuelito es un hombre de prestigio, teniente coronel retirado y diputado, pero no comprende muchas cosas.
A las diecinueve y ocho minutos Andrei T. efectuó el segundo trago experimental en seco. La situación no había variado. Entonces Andrei T. bajó las piernas de la cama, buscó a tientas las zapatillas y se fue al baño a enjuagar la traidora garganta con caléndula disuelta en agua tibia. Engallando la cabeza y fijando en el techo la mirada insensata, haciendo gárgaras siguió reflexionando. Bien mirado, ¿qué es la valentía? Valentía es cuando el hombre no se rinde. Luchar y buscar, encontrar y no rendirse. Cuando un hombre tiene angina es imposible luchar y buscar y no tiene más que una salida: no rendirse. Por ejemplo, se puede escuchar la radio. Se puede hojear cuidadosamente y con gusto el álbum de sellos. Tiene una selección nuevecita de fantaciencia. Tiene un tomo viejecito con Los tres mosqueteros. En el peor de los casos tiene el gato Murzila al que hay que entrenar hace tiempo como arquero. No, un hombre valiente, aunque la enfermedad lo reduzca a la impotencia, siempre encontrara aplicación para sus dotes. A propósito, el abuelito no ha sido enseñado hasta ahora a jugar “al tonto”.
El mundo se aclaró un poco. Andrei T. puso el vaso vacío en la repisa y salió al recibidor. Y al salir al recibidor vio el teléfono en la mesita bajo el espejo. Y al ver el teléfono se detuvo como fulminado por un rayo. Simplemente era inconcebible que una cosa tan sencilla no se le hubiera ocurrido antes. ¡Su viejo y fiel amigo Guenka, era quien el necesitaba! Claro, tampoco podría socorrerle en nada, pero con el se podía hablar de tu a tu, lamentarse discreta y virilmente del destino y oír en respuesta palabras discretas y viriles de consuelo y simpatía. Andrei T. cogió el tubo y marco el número.
Tomó el teléfono Guenka el Albaricoque en persona, expresó ruidosamente su alegría y preguntó que tal lo estaban pasando allá, en la garita de Gribanov. Andrei T. respondió que no estaba en la garita de Gribanov, sino en casa y, en voz discreta y viril, habló a su amigo de su angina folicular y de su soledad. Después Guenka el Albaricoque permaneció callado unos treinta segundos pensando y de pronto dijo:
—No pases cuidado, viejo. No nos perderemos, estaré en tu casa a las nueve.
A Andrei T. por un instante se le cortó la respiración.
—¿Qué? —Preguntó desconcertado.
—Espérame a las nueve en punto —pronunció en tono discreto y viril el amigo Guenka apodado el Albaricoque—. Salud..
Y en el auricular sonaron cortos pitidos.
El mundo no solo se aclaro. El mundo resplandeció. Andrei T. Se imaginó como Guenka irrumpiría por esta puerta, enorme, mofletudo, con el autódromo bajo el brazo, oliendo a mandarinas de la fiesta y a frío, y como mascullaría mientras se despojaba del abrigo: “No querían soltarme de ninguna manera, pero yo les dije: “Al cuerno todo el mundo, Andrei esta allí exánime y vosotros no me dejáis ir”". ¡Si, Guenka es un amigo fiel!. El Albaricoque. Andrei T. respiró con cuidado, colgó el teléfono y parpadeó porque le cosquillearon sospechosamente los ojos. Es un amigo. Sí.
Volvió al lecho y se metió bajo la manta. Bien mirado, no tenía por que admirarse o enternecerse. La verdadera amistad masculina está por encima de todo. El mismo Andrei T. tampoco habría vacilado ni un instante, y Guenka con mayor motivo. Porque Guenka el Albaricoque era un hombre de acción, acudía en ayuda del amigo sin vacilar. Una tarde de primavera un grupo de basmaches supervivientes de la vecina escuela rodeó a Andrei en un extremo oscuro del parque de la Victoria y, después de una breve explicación de quien era quien, se pusieron a golpearlo no dolorosa, pero si humillantemente con las bolsas de trastos deportivos. Y en aquel momento apareció Guenka el Albaricoque. Se metió en el corro tumbando a diestro y siniestro con sus monstruosos remos, y en el campo adversario cundió la confusión. Es cierto que en definitivas cuentas les dieron una buena zurra a los dos, pero retrocedieron con honor, aunque en desorden. Episodios así no se olvidan…
Y Andrei T. gritó gozoso:
—¡Abuelito! ¡Ven aquí! me aburro solo.
Eran las diecinueve horas veintiún minutos.
Jugaremos el autódromo y no lo pasaremos mal.
A las veinte horas cuarenta y siete minutos, cuando Andrei T. dando vueltas distraídamente entre los dedos a una torre cautiva, meditaba la jugada siguiente, el abuelo se repantigó en la butaca, agachó la canosa cabeza y empezó a roncar bajito. Andrei T. lo miró, se recostó en las almohadas y se puso a esperar. Indudablemente Guenka el Albaricoque debía aparecer de un momento a otro.
A las veintiuna horas treinta y cuatro minutos Andrei T. se levantó, encaminándose de puntillas al baño. El amigo Guenka no había llegado todavía. Andrei T. dio fin a la solución de caléndula, miró pensativo el teléfono, pero se contuvo y volvió al lecho. “Puede haber ocurrido cualquier cosa…” pensó vagamente.
A las veintiuna horas cincuenta y tres minutos Andrei T. tiró la selección de fantaciencia y se sentó, rodeando las rodillas con las manos. El abuelo dormía en la butaca de enfrente, echada la cabeza hacia atrás y roncando ligeramente. El gato Murzila, en actitud de Baguira, la Pantera Negra, dormitaba encima del televisor apagado. En un taburete junto a la cama callaba el favorito y mártir de Andrei, un receptor de radio de segunda clase marca “Spidola”. Pero Guennadi M. alias el Albaricoque no llegó.
Andrei T. se enfurruñó sombrío. Se sentía molesto, contrariado e inquieto. Le picaba en la garganta. La luz de la habitación tan pronto se amortiguaba como se encendía con brillo cegador. Para distraerse Andrei cogió el receptor y dio la vuelta a la llave hasta que sonó el chasquido. Susurró la frecuencia, abrióse paso una música imprecisa. Y de repente se oyó una voz conocida. Aunque ligeramente ahogada, la voz de Guenka el Albaricoque pronunció con claridad:
—Andrei… Andrei… ¿Me oyes…? Andrei… Estoy perdido, viejo… Socorro…
Andrei T. dio un salto (se enderezo como un muelle de acero). Miró alrededor confuso. Sacudió la cabeza. Efectuó un trago en seco y no sintió dolor. Susurraba la frecuencia radial y el receptor repetía monótonamente sin parar la voz de Guenka el Albaricoque:
—¿Me oyes…? Andrei… Andrei… Socorro, viejo, estoy perdido… Andrei… ¿Me oyes…?
No hay que ocultarlo: Andrei T. se desconcertó. ¿Y quién no se habría desconcertado en su lugar? ¿De qué manera Guenka el Albaricoque había sido arrebatado de pronto y arrojado al mundo del éter? ¿Qué le había ocurrido? ¿dónde se encontraba? Sin apartar los ojos del indicador de bandas, Andrei T. inquirió tímidamente:
—Guenka, ¿dónde estas?
La radio seguía pidiéndole socorro con la voz de Guenka el Albaricoque, pero en aquel momento algo le pasó al indicador de bandas. Se iluminó con parpadeante resplandor verdoso, convirtiéndose en display como el de la computadora japonesa del hermano mayor, y por el display corrieron de derecha a izquierda palabras luminosas.
Andrei leyó con el corazón en suspenso: “s i q u i e r e s s a l v a r tienes que ir antes de la media noche entrada en la cocina junto al frigorífico si quieres salvar tienes que ir antes de la media n o c h e e n t r a d a e n l a c o c i n a j u n t o a l f r i g o r í f i c o s i q u i e r e s s a l v a r…”
¡Tzin! Todo desapareció, se apagaron las palabras corredoras, la escala volvió a ser escala y la voz monótona de Guenka el Albaricoque se cortó a media palabra.
—¡Ya! —pronunció en voz alta Andrei T.—. ¡Conque eso es!
Bien mirado, seguía comprendiendo poco. Lo único que estaba claro era que su viejo y fiel amigo Guenka había caído en una inconcebible desgracia, que había que socorrerlo antes de la medianoche y… ¿Qué se decía allí de una entrada junto al frigorífico? Andrei T. sabía perfectamente que no había ninguna entrada junto al frigorífico, que allí, a ambos lados del frigorífico, había dos pequeños armarios blancos de cocina. Y que, aunque existiera esta entrada, en el mejor de los casos llevaría directamente al espacio nocturno y helado, a la altura del quinto piso. Sí, había en que pensar y que sopesar, y Andrei T. se puso a pensar y sopesar cuando de pronto el transistor tocó despacito, pero con extraordinaria claridad los primeros acordes de una vieja y buena canción:
¡En auxilio del amigo! ¡Liberar al amigo de las cadenas y el cautiverio…!
Y a Andrei T. instantáneamente se le subió la sangre a la cabeza. Guenka el Albaricoque no había pensado y sopesado entonces, en la primavera, en las oscuras avenidas del parque de la Victoria. No lo había pensado ni sopesado cuando se enteró de la angina folicular y la soledad dos horas atrás… Andrei T. miró la esfera luminosa sobre su cabeza. Las saetas negras marcaban las veintidós horas once minutos. Andrei T. miró a su alrededor. El abuelo roncaba apaciblemente en su butaca con las manos cruzadas tranquilamente sobre el vientre. El gato Murzila encima del televisor sin levantar la cabeza abrió lentamente sus ojazos, que relampaguearon verdosos. Andrei T. bajó resueltamente las piernas de la cama.
Tratando de moverse sigilosamente, se puso el traje deportivo, que muy a propósito pendía en el respaldo de la silla, y pasó al recibidor. Indudablemente lo esperaba una expedición y había que prepararse con todo cuidado. Andrei T. se embutió los calcetines de lana y se calzó las botas de invierno. Luego se puso un anorak de esquiar, cerró la cremallera hasta el vendaje del cuello y tomó como arma el trípode metálico plegable para la cámara fotográfica, pesado y contundente como cachiporra del legendario caballero. Al sopesar el trípode de combate en la mano derecha descubrió no sin sorpresa en la izquierda su favorita “Spidola”. Era bastante raro: de donde había aparecido el receptor en la mano izquierda con la que acababa de cerrar la cremallera? ¿Y de dónde había aparecido aquí este trípode? No es nuestro, no tenemos ni hemos tenido nunca ningún trípode…
Pero no había tiempo para sorprenderse ni cavilar, había llegado el momento de actuar. Las diez y veintiún minutos…
Andrei T. vió la entrada junto al frigorífico desde el umbral de la cocina. Resultó que el pequeño armario a la derecha del frigorífico no estaba pegado a el, sino separado unos cuarenta centímetros, se veía abierto un agujero rectangular de la altura de un hombre mediano. Y este agujero tenía un aspecto tan poco atractivo que Andrei T. se detuvo indeciso. Se imaginó resbalosos y mellados peldaños que conducían a un nauseabundo sótano, herrumbrosos ganchos en las paredes que intentaban clavarse en los ojos y unos seres grises, peludos, que pululaban con ojuelos rojizos como ascuas…
Andrei T. nunca había sido cobarde. Simplemente a veces aconsejaba sensata cautela. Ahora también comprendió con claridad que el minuto de acción había suspendido temporalmente su curso cediendo el lugar al minuto de sentido común. ¿Parece que estamos ante un sótano? Magnífico. En tal caso, ¿no hay que preparar primero una antorcha de pez? ¿No hay que cambiar las botas de invierno por altas botas de agua? Y además ¿no es hora de poner en antecedentes al abuelo, combativo oficial, que tiene, por cierto, la experiencia de haber perseguido al enemigo por los túneles del metro de Berlín? O mejor aún, telefonear a Konstantin Pavlovich, un hombre admirable, dirigente de la clase, ex tanquista y caballero de la Orden de la Gloria.
Se sabe que existe solo un procedimiento de hacer las cosas e infinidad de procedimientos para escurrir el bulto, de manera que es difícil decir lo que hubiera ocurrido luego, mas en aquel momento la “Spidola” tocó de nuevo bajito los acordes iniciales de la famosa canción de los mosqueteros y a Andrei T. se le subió de nuevo la sangre a la cabeza. Con profunda franqueza se confeso a si mismo que las botas altas de agua, las antorchas de pez y otros trebejos que se pudieran ocurrir no eran otra cosa que disparates y pretextos. Que era una vergüenza que él, un muchacho sanote (aunque levemente enfermo) se escondiera a espaldas de un veterano de la Gran Guerra. Y que estar parado entre el frigorífico y el armario de la cocina mientras el amigo Guenka sucumbía y esperaba socorro era simplemente vergonzoso. Se lanzó adelante, metiéndose de cabeza en el agujero.
Se llevó una grata desilusión. No había allí peldaños resbaladizos, ni ganchos herrumbrosos, ni ratas pululando. Había allí un largo pasillo de tipo oficial, débilmente alumbrado por lámparas polvorientas bajo pantallas de hojalata con el esmalte saltado. Olía a oficina, en las paredes enlucidas la corriente de aire hacia tremolar papelitos de textos mecanografiados y sujetos con chinchetas. Saltaba a la vista un raro llamamiento: “Camaradas pensionistas: Se ruega no fumar, no ensuciar y no hacer ruido”. A derecha y a izquierda, a lo largo del pasillo se prolongaban las hileras de puertas raídas con manchas oscuras alrededor de los tiradores, y cada puerta la adornaba un letrero como regla temible y en términos imperativos: “¡No llamar!” “¡No pararse aquí!” “¡prohibido el paso!” e incluso: “¡Pase rápido y sin mirar!”
Andrei T. iba despacio, leía maquinalmente los letreros y pensaba detrás de que puerta había que buscar a Guenka; de pronto se le ocurrió que no se comprendía en absoluto a donde llevaba este pasillo: según todos los cálculos, debía desde el comienzo mismo atravesar la pared de la casa, cruzar por encima de la calle y hundirse en los balcones del cine “Cosmos”. Intrigado por este pensamiento, se detuvo y al instante descubrió que el pasillo había terminado. Delante había una pared y en ella dos puertas. Sobre la de la izquierda un letrero desafiaba: “Para los valientes”. Sobre la de la derecha otro letrero sonreía irónico e indulgente: “Para los que no lo son mucho”.
Andrei T. alzó las cejas y se abismó en un análisis introspectivo.
La modestia requería reconocer que en cuanto a valentía no poseía mucha. Es verdad que en el primer trimestre Andrei T. se había encaramado por la escalera de los bomberos hasta el quinto piso. Pero cuando volvió a pisar tierra firme le temblaban las piernas y los brazos, los exigentes observadores repararon en ello y tuvo que mentir diciendo que había sufrido un acceso de la vieja enfermedad de Parkinson (como estaba tan ocupado no encontró tiempo para aclarar si existía esa enfermedad y, si existía, si la contraían las personas). En una palabra, la modestia afirmaba que había que escoger la puerta de la derecha, y Andrei T. obedeció. Abrió resueltamente la puerta del letrero: “Para los que no lo son mucho”.
Bien. Tras la puerta estaba una habitación conocida. En la conocida butaca roncaba el conocido abuelito, sobre el conocido televisor entornaba los ojos el conocido gato, de la conocida cama pendía la conocida manta.
Andrei T. cerró resueltamente la puerta. La modestia, claro, es la modestia, ¡pero no a ese precio! Por otra parte, no era una desgracia, nada se había perdido. Y al fin y al cabo, al escoger primero la puerta de la derecha había obrado por lo menos honradamente y, como se sabe, “la honradez es más que la audacia, es valentía” (de un discurso tardío de la abuela Varia con motivo de haber ocultado una mala nota en comportamiento por haber cometido cierto acto audaz en la lección de dibujo). ¡Qué se le va a hacer! Habrá que ser no solo honrado, sino también valiente, y se acabó. Andrei T. paso a la puerta de la izquierda, apretó con fuerza los dientes y la abrió de un empellón.
No había nada de particular. Se abrió un túnel con las paredes de ladrillo, bajo, un poco húmedo, pero bastante aseado y silencioso. El suelo era de cemento. En el suelo se veían huellas que quedaron seguramente de los tiempos en que el cemento aun no se había endurecido. Hum. Huellas raras. No eran de Guenka. Hum. Parecía que por allí había pasado un caballo. Eran huellas de cascos. Hum…
Andrei T. avanzó por el túnel con cierto temor tratando de arrimarse a las paredes, lo más lejos posible de las raras huellas. Estaba dispuesto a todo, pero de momento no sucedía nada. Poco a poco se fue animando, ya se sentía no solo valiente, sino también audaz.
De repente las paredes del túnel se ensancharon, brotó una viva luz de infinidad de lámparas luminiscentes, refulgieron y chispearon las losetas blancas y negras. Andrei T. se detuvo y cerró los ojos deslumbrado por el brillo cegador. Cuando los abrió vio que se encontraba en el borde de una piscina de natación.
En efecto, era una piscina de natación corriente, exactamente igual que aquella en la que Andrei T. rindiera las normas de Preparado para el Trabajo y la Defensa: revestida con losetas, de unos diez metros de anchura por cincuenta de longitud.
Estaba claro que el camino hacia el desdichado Guenka el Albaricoque pasaba por el lado opuesto de la piscina a través del ancho hueco de una puerta que oscurecía tras un leve velo de vapor. Estaba claro también que era imposible rodear la piscina porque el borde del suelo entre sus extremos laterales y las paredes era tontamente estrecho y por añadidura estaba inclinado unos cuarenta y cinco grados, allí no había quien se sostuviera ni con botas de alpinista. “Habrá que pasar a nado o vadearlo”, pensó disgustado Andrei T., y solo entonces descubrió que en la piscina no había ni una gota de agua.
Eso venía de perilla. Quizás fuera demasiado. Si el destino arroja a los pies de un hombre notoriamente audaz piscinas secas hay que estar con ojo avizor. Andrei T. miró con ojo avizor y lo que vió no le gusto mucho. Por todo el espacio de la piscina en las limpias y secas losetas había esparcidos trapos viejos y otros objetos igual de poco aseados. Andrei T. miró un calcetín de lana agujereado, una camiseta vieja de fútbol con número, unos raídos pantalones, una zamarra vuelta al revés, una bomba oxidada de bicicleta y una calavera. Al ver la calavera a Andrei T. el corazón se le subió a la garganta: “¡Será de Guenka!” Pero al instante respiró aliviado: la calavera era de vaca, del gabinete zoológico de su escuela.
Andrei T. vaciló unos segundos, aunque comprendía perfectamente que no podría eludir esta piscina. Alzó los ojos. Las saetas negras en la esfera luminosa marcaban las veintidós horas treinta y siete minutos. El tiempo apremiaba. Andrei T. titubeó otros tres segundos y saltó resueltamente al fondo enlosetado.
Una vez dentro de la piscina echó a andar presuroso hacia el extremo opuesto, que de pronto pareció apartarse a una lejanía increíble. Al principio caminaba apresuradamente, después apretó el paso, luego aceleró y por último echó a todo correr.
Pero no en vano el destino había interpuesto esta piscina en su camino. Y hay que pensar que tampoco los sospechosos trapos y calaveras estaban en esta piscina por casualidad. No había tenido tiempo Andrei T. de recorrer ni la mitad de la distancia hasta el extremo cuando resonó en sus oídos un rugido sordo y borboteante. Por los cuatro lados a la vez brotaron de tubos invisibles a la piscina feroces torrentes de agua turbia y espumeante que emitía vapor como de rabia reprimida.
Andrei T. comprendió al instante que no tenía sentido retroceder. Le quedaba avanzar. Y recordando sus éxitos de otros tiempos en los cien metros, se lanzo adelante con tal celo como si se hubiera propuesto en firme batir todos los récords olímpicos de Valeri Borzov. Es posible que hubiera batido estos récords, pero no tuvo tiempo. Las turbias olas cayeron sobre el, le golpearon en las piernas y lo cubrieron hasta la cabeza.
—¡Ay, yay, yay, yay, ya-aay! —aulló horrorizado con voz latinoamericana el transistor.
—¡Mi-e-entes! —rugió Andrei T.
Las turbias y espumeantes olas trataban de derribarlo y ahogarlo, pero el acometía incontenible adelante; ahora ya no se parecía a Valeri Borzov, sino a una lancha de carreras lanzada a toda velocidad.
Luego el fondo se le fue de los pies, abandonó a su suerte el trípode de combate, alzó por encima de la cabeza el transistor y empezó a nadar. Movía desesperadamente las piernas y remaba desesperadamente con el brazo derecho, no veía nada a través de la impetuosa espuma y los remolinos de vapor, en los oídos resonaba el rugido de las olas, cortado por el silbido desesperado del receptor, pero el seguía remando con el brazo derecho y moviendo las piernas, remaba y movía, estuvo remando y moviendo una eternidad hasta que chocó en la pared contraria de la piscina con tanta fuerza que le zumbó todo el cuerpo, desde la coronilla traumatizada hasta los talones de los pies.
Un minuto después estaba arriba, en el suelo seco, revestido de losetas blancas y negras. Estaba de pie y se tambaleaba de las emociones experimentadas, de su cuerpo discurría el agua, pero seguía manteniendo en alto sobre la cabeza su transistor y miraba con estúpido interés como el agua de la piscina, espumeando y soltando vapor, chapoteaba, se arremolinaba y desaparecía chirriante por tubos invisibles. Se hizo visible el fondo y de nuevo aparecieron los trapos sucios mezclados con trastos oxidados, pero ahora entre todos aquellos pantalones viejos y huesos brillaba huérfano bajo las lámparas luminiscentes el trípode de combate del aparato fotográfico.
—¿A todos no los puedes salvar, verdad? —pronunció una voz desconocida.
Solo entonces Andrei T. reparo en que estaba a su lado cierto tipo. Este tipo llevaba puesto un overol de tirantes sobre el bronceado cuerpo desnudo, se distinguía por la gran estatura y se parecía mucho al vecino del descansillo de la escalera apodado Percherón. Su voz era grave y agradable y miraba a Andrei T. cariñosa y afablemente.
—Menos mal que has quedado vivo —continuo—. Anda, quítate la ropa, vamos a secarnos y tampoco estorbará tomar un bocado…
En un santiamén despojó a Andrei de la ropa mojada, lo colgó todo rápida y diestramente en los tubos calientes de la calefacción y echó sobre los hombros desnudos de Andrei una enorme y felpuda toalla caliente.
—Que valiente, que valiente… —musitaba—. Puede decirse: un caballero sin miedo y sin tacha… Bravo, hiciste bien…
Sentó a Andrei a una cómoda mesita junto a la pared, puso rápida y diestramente sobre el mantel una gran tetera de agua hirviendo, otra tetera panzuda más pequeña con la infusión, una taza y un platillo floreados y luego se sentó callado.
—En estos andurriales no se puede ser así —dijo con cariñoso reproche—. Aquí hay que trabajar con la cabeza, con la cabeza. Pero usted trata de hacerlo todo con los pies, con los pies. Es como comer la sopa con tenedor. No-o, no te metas en el agua sin conocer el vado. Porque a mala cabeza, buenas piernas. Créeme, si encuentras un atajo, da al camino un tajo…
Andrei T. escuchaba asombrado y mientras tanto ya tomaba de la floreada taza té cargado con leche y comía algo blanco, tierno, muy rico, que en la vida corriente casi no se encuentra; debía ser una rosquilla.
—Usted, caballerito, se ha lanzado a una empresa peligrosa y sin esperanza —continuó el flamante Percherón—. Usted no tiene ni idea de a donde ira a parar. Ha pasado la prueba del agua. Bien. Estupendo. ¿Y la prueba del fuego? ¿Y la de los clarines de la fama? Ha pensado usted en eso, caramelito mío? Supongamos que su cabeza no le da lastima. Pero, ha pensado en su mama? ¿Ha pensado en su mamita? No ha pensado. ¡Por los ojos veo que no ha pensado, coliflor blanca! ¿Y en el padre…?
Toda la enorme experiencia de catorce años sugería a Andrei que tales argumentos de los mayores hay que soportarlos en silencio y con el aire más contrito posible. No obstante, Andrei puso la taza y pronuncio con dignidad:
—A decir verdad, yo…
—¡No ha pensado! —increpó Percherón, y le añadió bebestible de la tetera y de la lechera—. ¡En el padre tampoco ha pensado!
—Pero es que Guenka…
Percherón alzo las manos sobre la cabeza.
—¡Si, claro, Guenka! —exclamó con triste sonrisa—. ¡Ante todo Guenka! Uber alles, si puede decirse así. ¡Y la madre que se tire de los pelos y se desmaye! ¡Y el padre que chirrié los dientes de pena y se ciegue de parcas lagrimas viriles! ¡Lo principal, claro, es Guenka!
En este momento el “Spidola”, que estaba calladito en un extrema de la mesa, empezó a cantar:
Si de súbito el amigo,
no es amigo ni enemigo…
Percherón alargo la mano, dió la vuelta a la llave y puso el transistor bajo la mesa.
—Guenka, solo en el pensamos día y noche —continuó amargamente—. Por el realizamos heroicidades en vez de repasar otra vez el manual de literatura. Salvar al tonto Guenka es una hazaña y una victoria, no es esforzarse para sacar un buen notable en literatura… ¡Cómo no, si es Guenka!
Andrei T. se enfurruñó. Pese a toda su hospitalidad y otras cualidades agradables, Percherón era un charlatán y nada más. Andrei sentía la tentación de darle la espalda y silbar una musiquilla de la película El puente sobre el río Kwai. Todo lo que decía de los padres y de Guenka era estúpido e injusto. Hay cosas que han de hacerse por encima de todo. Por ejemplo, los hombres marchan a pelear por la Patria. O sucumben salvando a mujeres y niños. O vuelan al Cosmos. Puede haber otros motivos. Y no hay que mezclar aquí a los padres y menos aún un regular en literatura. Y tampoco apagar el “Spidola”.
Andrei T. apartó resueltamente la taza y se levantó.
—Gracias —dijo—. Debo irme.
Percherón se sonrió agradablemente.
—¿Reparó las fuerzas? —inquirió amable.
—Sí. Gracias —respondió Andrei T.
—¿Se ha secado?
—Sí, gracias.
—¿Se siente bien?
—Bien.
—Bueno, si es así vamos a vestirnos.
Andrei T. empezó a vestirse. Quería marcharse cuanto antes, le desagradaba la proximidad de Percherón, pero este daba vueltas a su alrededor, le ayudo a ponerse la ropa, atar los cordones, cerrar las cremalleras y alisar las arrugas. Cuando cerraron la última cremallera (en el anorak de esquiar hasta el cuello), dió un paso atrás, lo miró y dijo:
—Muy bien. Ahora a casa, con la mamita.
“¡Qué te crees tu eso, con la mamita!” pensó malévolo Andrei T.
Tomó de bajo la mesa el “Spidola” y miró la esfera luminosa en la pared. Las veintitrés y tres.
—Hasta la vista —dijo, y se encaminó hacia el hueco de la puerta.
—Pero… ¿Adónde va usted? —gritó Percherón—. ¡No es por ahí! ¡Es en sentido contrario!
—Por ahí, por ahí —le dijo tranquilizado Andrei T. sin detenerse—. ¡Por ahí y nada más!
—¿Y que va a ser de su mamá? —clamó en pos Percherón—. ¿Y la prueba de los clarines de la fama? ¡Se ha olvidado de los clarines de la fama!
Pero Andrei T. no respondió. Sobre la marcha dió la vuelta a la llave hasta el chasquido y el transistor aulló inmediatamente: “Nos separamos para siempre, que corran los años…”
Tras el umbral del ancho hueco de la puerta había una sala débilmente iluminada, de parque como un espejo y el aire de una composición tan complicada que a los veinte pasos ya no se distinguía nada tras la neblina incolora. Pero del umbral arrancaba un sendero de ébano que se alejaba por el parque y Andrei T. comprendió que no corría el peligro de extraviarse. Echó a andar resueltamente por los cuadritos negros pulimentados, tratando de espantar los recuerdos que lo relajaban de su hazaña en la piscina y del té dulce con leche y rosquilla. Suponía que las principales pruebas se encontraban por delante y había que estar moralmente preparado para ellas. Pronto consiguió su propósito: las palabras de Percherón acerca de los clarines de la fama (a propósito, también acerca de la prueba del fuego), olvidadas despectivamente al principio, ya no se le iban de la cabeza.
Y en el mismo instante en que estas siniestras palabras echaban sólidas raíces en la mente de Andrei, el sendero negro que pisaba de pronto se bifurcó. Dos senderos negros más estrechos absolutamente iguales se alejaban en la neblina incolora a la derecha y a la izquierda, en ángulo de dos tercios de “pi”. Con la particularidad de que sobre el sendero de la derecha pendía un letrero escrito en grandes letras blancas: “Para los inteligentes” y sobre el de la izquierda: “Para los que no lo son mucho”.
Las manos con el “Spidola” a la espalda, Andrei T. estaba parado en la encrucijada y una amarga y sabia sonrisa se enfrió en sus bien dibujados labios. Dominando fácilmente el pueril deseo de gritar algo ofensivo al espacio y amenazar con el puño (también al espacio), pronunció un breve monólogo en su fuero interno:
—¡No nos ofrecen mucha variedad, señores! Diciéndolo en la jerga vulgar de Pashka Drobaton, el chiste la segunda vez ya no es chiste. Nos ponen otra vez ante una opción deshonesta: olvida la modestia o vete a casa, con tu mamita. ¡No les saldrá nada, señores! Como dice mi hermano mayor, que es estudiante: es trivial y yace en la superficie. Es fácil verlo. Perdona, modestia mía.
Esbozando una falsa sonrisa (gran arte aprendido a costa de dos horas de feos visajes frente al espejo del recibidor), Andrei T. echó a andar por el sendero para los inteligentes. Por lo demás, la violencia cometida con su propia modestia no lo oprimía mucho. Más importante era que, en el futuro inmediato, por lo visto, no había que esperar nuevas piscinas de aguas feroces ni, en general, ninguna acción física dolorosa. La inteligencia es la inteligencia, señores. Y si me cascan, lo más probable es que sea en la testa, y eso lo soportare de alguna manera.
El sendero para los inteligentes resultó ser asombrosamente corto. Terminaba, como es natural, en una puerta corriente. Sin perder ni un instante y conservando en los labios bien dibujados la risa sardónica, Andrei T. agarró la manecilla y tiró.
Andrei T. quedó pasmado. Detrás de la puerta estaba la misma habitación conocida. En la butaca conocida roncaba a placer el abuelo conocido, encima del televisor conocido runruneaba el conocido gato Murzila y de la conocida cama pendía la conocida manta. Ah, vamos, Andrei T. cerró despacito la puerta y se quedó mirándola, fija y estúpidamente. Conque esas tenemos. Conque me han chasqueado.
Y eso es lo que ustedes consideran inteligencia. El inteligente toma el camino de su casa y a la camita. Bueno, eso también lo aprendimos:
“Cuando veas un atajo, da al camino un tajo”. ¿Y abandonar a Guenka en la desgracia? ¡Eso no, ni hablar! Andrei T. pronunció varias palabras ofensivas dirigidas al espacio, enseño una doble higa (también al espacio) y, volviendo la espalda a la inútil puerta, trotó hacia la encrucijada.
El sendero para los no muy inteligentes resultó bastante más largo y Andrei T. empezaba ya a inquietarse cuando delante, en la niebla blanquecina, surgió y péndulo una mancha azulada destellante. Otro minuto al trote e inesperadamente estuvo a punto de dar de narices contra una ventana rectangular mate, abierta en la pared. La ventana temblequeaba con luz azul de neón y en el cristal mate estaba escrito en vertical con grandes letras rojas: “ENTRADA”. Al lado del letrero había pintada una gran flecha roja que señalaba el cielo.
Era un indicador verdaderamente raro, pero Andrei T. no tuvo tiempo de sorprenderse porque inmediatamente descubrió al lado algo así como una escalera. Efectivamente, era una escalera, pero no de peldaños, sino de grapas metálicas clavadas en la pared y pintadas de verde. Andrei T. había visto una escalera semejante durante una excursión de la escuela a la fábrica que la apadrinaba: allí llevaba (la escalera, claro, no la excursión) a lo más alto de la gigantesca chimenea de la fabrica. Aquí la escalera llevaba a la niebla blanquecina sobre la cabeza y más arriba no se sabía adonde porque desde abajo solo se veían las seis primeras grapas.
Andrei T. lanzó una mirada a la esfera luminosa —¡caramba, las once y cuarto ya!— y empezó a buscar donde poner el “Spidola”, pues estaba claro que en esta, con perdón sea dicho, escalera se necesitarían las cuatro extremidades y tal vez hasta los dientes. Había decidido ya meter el receptor en un monstruoso aparador sin cristales y sin estantes que había cerca, pero en este momento el “Spidola” entono con voz tremola de tenor una antigua y desgarradora romanza:
—”¡No te vayas! ¡quédate conmigo un minuto más!”
Andrei T. se detuvo confuso.
—¿Que dices? —pregunto insincero.
—”¡No te vayas! ¡Sin ti la vida será horrible!” —explicó el “Spidola” sollozante.
A Andrei le dió un vuelco el corazón.
—Bueno, bueno, cálmate… —balbució y se puso a guardarse el sensible aparato en el seno.
A media voz, pero sollozante y en tono histérico como antes, el “Spidola” comunicó: “Y para que vuelvas, lloraré día y noche.” Después se calló. Andrei T. se escupió en las palmas de las manos, carraspeó para mayor firmeza y empezó el ascenso.
Salvó las primeras grapas fácilmente y hasta con destreza, el suelo se veía aun y en caso de que ocurriera algo se podría saltar simplemente abajo. En la décima grapa el suelo desapareció de la vista, hubo que detenerse y tomar aliento. En la decimoquinta grapa un denso velo blanquecino lo rodeo todo en torno y además surgió la sensación de que la pared empezaba a combarse para el interior de la sala, como una bóveda. La decimonona grapa se movía como un diente de leche, precisamente allí Andrei T se acobardó y pensó que quizás habría que volver abajo y pensarlo y sopesarlo cuidadosamente todo ce por be. Pero precisamente en este momento el “Spidola” calentado en el seno proclamo con voz ronca que “mejor que la montaña puede ser solo la montaña donde todavía no se ha estado”. Andrei T. se avergonzó y escalo de un tirón otra media docena de grapas. Más adelante no las contó. No estaba para cuentas. Le dolían ferozmente los hombros y empezaron a temblarle las piernas. indudablemente era un acceso de la enfermedad de Parkinson, aparecido del mundo de las invenciones y de la pura fantasía para castigar a Andrei por su engreimiento. ¡Oh, mis brazos! ¡Oh, mis piernas! ¡A pesar de todo, me causan sensaciones dolorosas, canallas! Pero, ¿qué es aquí lo principal? Luchar y buscar, encontrar y no rendirse ¿No rendirse? ¡En ningún caso! Aunque estés enfermo, da igual dé que: de angina folicular o de la enfermedad de Parkinson. ¿Qué enfermedades puede haber si está en peligro mi mejor amigo Guenka alias el Albaricoque? “¡Aguanta, Guenka! —repetía para sus adentros Andrei T., y se aferraba a las heladas grapas—. ¡Voy en tu busca, Guenka! —rugía y se encaramaba por las húmedas grapas—. ¡Mi-e-entes, no podrás conmigo!” —decía con voz ronca y pendía de las viscosas grapas, enroscándose en torno a ellas como una boa tropical.
Mas todo en el mundo tiene fin y en un instante verdaderamente magnífico Andrei T. descubrió que ya no se aferraba, no trepaba ni pendía, sino que gozaba sentado en el duro suelo y recostada la espalda en la dura pared. Los hombros aun le dolían, pero no mucho. Las piernas aun le temblaban, pero no se negaban a obedecerlo. Andrei T. exploro las palmas de las manos. En general las tenía sanas y salvas, aunque le ardían como si se hubiera entrenado una tarde entera haciendo ejercicios en la barra. Cabía esperar que se levantaran ampollas, pero de eso nadie había muerto todavía.
Andrei T. se levantó. Estaba convencido de que Guenka el Albaricoque se encontraba en las inmediaciones. Pero Guenka no estaba. Había una habitación grande, iluminada muy pobremente.
Si se va a ver, la habitación no estaba iluminada en absoluto. Como se dice, en ella reinaban las tinieblas, pero en estas tinieblas parpadeaban, se encendían y apagaban una infinidad de diminutos ventanas redondas con bombillas y a su débil luz cambiante se podía distinguir que toda la estancia estaba llena de compactas hileras de voluminosos y angulosos armarios o cajones. Expandían tibieza y hasta calor, olía de un modo raro, pero más bien agradable. Y estaba llena de sonidos. Un susurro largo. Un zumbido monótono. Un chasquido restallante como un latigazo. Y otra vez el zumbido. Otra vez el susurro. Andrei T. miró, olió, presto oído y llamó tímidamente:
—¡Guenka! ¡Eh, Guenka! ¿Estás aquí?
Aún no se había atascado su última palabra en el aire oloroso y caliente cuando en la estancia se levanto un vendaval de luces y sonidos. Se encendieron y apagaron nuevas miríadas de ventanillos redondos, en la lóbrega oscuridad bajo el techo corrieron de derecha a izquierda desordenadas multitudes de cifras luminosas, cubrió el susurro un incesante tableteo y los trallazos restallaron tan frecuentes y pujantes como los disparos en la película Los siete magníficos.
Atónito, Andrei T. hundió la cabeza entre los hombros y retrocedió, pero en este momento la estancia se tranquilizo. Una voz solemne, magníficamente entonada, anuncio:
Objeto ajeno descubierto, explorado e identificado como Desea Pasar…
Simultáneamente en un display invisible en la oscuridad bajo el techo corrieron de derecha a izquierda estas palabras luminosas:
objeto ajeno d e s c u b i e r t o e x p l o r a d o i d e n t i f i c a d o como Desea Pasar…
—Comienza el procedimiento de presentación —continuó la Voz, y por el display corrieron las frases que pronunciaba sin signos de puntuación, sin conjunciones ni proposiciones—. Me presento, tengo el honor de presentarme: Todopoderoso Electrónico Pensador Solucionador y Adivino, abreviado TEPSA. ¿Con quién tengo el honor?
—Bueno… —profirió inseguro Andrei T.—. Comprende usted… Yo… soy Andrei. Me llamo Andrei. Soy escolar.
Un nuevo vendaval de luces y sonidos. La voz callaba, pero en el display, rodando impetuosamente una tras otra, se encendieron las palabras:
Andrei nombre comprendido escolar alumno escuela posición social comprendido fin ligero taconazo y dijo: Llevo mucha prisa. Como procedimiento p r e s e n t a c i o n f i n p r o c e d i m i e n t o f i n…
Andrei T. hizo una reverencia.
—¿Bueno, yo necesito ver a Guenka, puedo pasar a ver a Guenka?
La voz respondió solemnemente:
—Desea Pasar debe salir airoso de una prueba en dos etapas. Primera etapa: yo hago preguntas. Segunda etapa: yo doy contestaciones. Informe si esta listo para la prueba.
Incluso en los mejores tiempos la propuesta de someterse a una prueba no despertó nunca en Andrei ninguna emoción positiva. Ahora lo puso furioso.
—¡Qué prueba ni que caracoles! —vociferó—. ¿Qué prueba puede haber cuando Guenka el Albaricoque está en peligro? ¡Al diablo usted y su prueba, me las arreglaré sin usted!
Dichas estas palabras embistió por el pasillo entre las hileras de armarios-cajones. Pero en seguida tuvo que detenerse porque vió al final del pasillo unas bajas puertas de roble. De las puertas pendía un macizo y oxidado candado, al lado de las puertas dormitaba en un taburete el guarda o el portero en chaquetón enguatado y con una carabina en las rodillas, a los pies del portero estaba echado un pastor alemán de terrorífico aspecto. Su poderosa cabeza reposaba sobre las patas, pero tenía enhiestas las triangulares orejas y los ojos amarillos miraban impávidos cara a cara a Andrei.
—Entendido —dijo abatido Andrei T. Dió media vuelta y se encaminó hacia la salida del pasillo.
—Informe si esta listo para la prueba —repitió la Voz como si nada.
—Estoy listo —rezongo Andrei T.
La Voz anunció:
—Comienza el procedimiento de introducir información en el escolar Andrei. Introducción de información. Primera etapa. Hago tres preguntas. Una de lógica, la segunda de humanidades y la tercera de las ciencias físico-técnicas. Si el escolar Andrei responde acertadamente a las tres preguntas, fin de la primera etapa. Informe si ha comprendido la información sobre la primera etapa.
—¿Y si no respondo acertadamente? —se le escapo a Andrei.
No siguió ninguna respuesta, por el display paso una fila interminable de sietes luminosos y en alguna parte se abrió chirriante una puerta. Tras la puerta, por supuesto, estaba la conocida habitación con el conocido abuelito, el conocido gato y la conocida manta.
—Lo comprendo todo —balbuceó sombrío Andrei T.
La puerta se cerro chirriante y por el display corrieron estas palabras:
Todo e n t e n d i d o i n f o r m a c i o n c o m p r e n d i d a por objeto comprendida p r i m e r a etapa comienza primera…
—¡Se formula la primera pregunta! —proclamó TEPSA—. ¡Datos: un poste y un caracol!. Altura del poste diez metros. Durante el día el caracol sube por el poste seis metros, durante la noche baja cinco metros cuántos días necesitara el caracol para llegar a la cúspide del poste? Ciento veinte segundos para la reflexión. ¡Comienza la reflexión!
En el display apareció el número 120, siendo sustituido en seguida por el 119. Luego siguieron 118, 117, 116… Andrei T. calculó rápidamente: en un día más seis, durante la noche menos cinco, en total durante el día más una. Altura del poste diez metros. Por lo tanto, es fácil ver… Abrió ya la boca, pero cayó en la cuenta. Era demasiado fácil verla. No podía ser que el problemita se resolviera tan fácilmente…
…100, 99, 98, 97…
Este maldita TEPSA atrapaba en alguna idiotez. ¡No lo conseguirá!
¡Nosotros llegábamos hasta la olimpíada de matemáticas de toda la ciudad! ¡no se nos vence tan fácilmente!
…81, 80, 79, 78…
Es verdad que en la olimpíada de la ciudad no resolvimos ni un problemita, pero de todas maneras… ¡Puf, que estupideces acuden a la cabeza! Conque el primer día un metro, el segundo dos…
…63, 62, 61, 60…
¡Quedaba menos de un minuto! Ay, ay, ay… ¡Eh… Eh! ¡El último día sube seis metros hasta la cúspide y ya no tiene que bajar! Por lo tanto…
—¡Cuatro días y medio! —exclamo alborozado Andrei T.
En el display se apago el numero 41 y corrieron estas palabras:
Respuesta c u a t r o. C o m a c i n c o d i a s c o m p r e n d i d o e x a c t o e x a c t o e x a c t o comprendido e x a c t o…
Andrei T. no cabía en si de júbilo. ¡Para que veas! ¡No nos dejamos engatusar! ¡Lo mismo le pasará a todo el que intente mordernos!
—¡Se formula la segunda pregunta! —anuncio TEPSA—. Datas: la obra de Yuri Mijailovich Lermantov Un héroe de nuestro tiempo. ¿Cuál era el nombre de Pechorin? ¿Cómo se llamaba Pechorin? El nombre. Doscientos segundos para la reflexión. Comienza la reflexión.
200, 199, 198, 197…
A Andrei no le quedó ni rastro del júbilo. Lo invadió una oleada de horror ciego, de pánico negro. Este es peor, pensó febrilmente. ¡Mucho peor! ¿Cómo se llamaba? Pecharin… Grushnitski… Allí aparecen solo con los apellidos… La princesa Mary… O solo con las nombres, sin apellidos… Había también un capitán, un capitán de infantería, artillería e ingenieros… Ivan… Ivan…
…146, 145, 144, 143…
Nunca tuve suerte con los apellidos… Un día el profesar de historia fue y me pregunto: “¿Cuál era el apellido de Pedro I?” Y yo por tanto le solté: “¡El Grande!” ¡Mala suerte! ¿Qué hacer? Por que ahora me catean, seguro que me catean…
…119, 118, 117, 116…
Un momento… De todos modos estaba perdido. Andrei T. preguntó con voz asquerosa y gruñona:
—¿Y por qué ustedes llaman a Lermontov Yuri Mijailovich cuando siempre se llamó Mijail Yurievich?
En el display se inmovilizo el numero 103. La estancia empezó a chirriar y zumbar furiosamente y se armó una zarabanda de chasquidos como si un regimiento de pastores manejara los látigos. Por el display corrieron largas filas de insensatos sietes, se apagaron y fueron sustituidos por palabras:
Lermontov Mijail Yurievich no no no Yuri Mijaillovich no no no segunda pregunta no c o r r e c t a n o n o n o segunda p r e g u n t a es nula da sin sin sustitución sin sin sin fallo cinta magnética fallo cinta magnética…
¡Ah! Andrei T. recobro los ánimos. ¡Se rayó el disco! ¡Y sin sustitución! TEPSA cayó en el garlito. “Un fallo de la cinta magnética”, eso lo conocía Andrei. Por algo su papá se dedicaba en su oficina especial de diseños a la proyección de computadoras y su mama trabajaba en su instituto de investigación científica en estas máquinas. Otra vez nos martirizan estos fallos, solía quejarse mamá y el papá gruñía desaprobatorio y aconsejaba pasar al ordenador S-1020 donde se podía prescindir fácilmente de las cintas magnéticas…
De pronto cesó el tiberio en la estancia y TEPSA pronunció con aire de importancia y tan solemne como antes:
—¡Se formula la tercera pregunta! Datos: el hiperboloide del ingeniero Garin. Exponga el principio de su funcionamiento. Doscientos cuarenta segundos para la reflexión. Comienza la reflexión.
En el display se encendió el numero “240″ y Andrei T. se mordió intrigado una una.
Conocía bien la novela y algunos pasajes se los sabía de memoria. Pero no le gustaba precisamente el lugar donde Garin explica a Zoya cómo está construido el aparato. Mejor dicho, no le gustaba mucho. Lo había leído, claro, y más de una vez, y había examinado el esquema, un planito tan bien hecho… Ahora tendría solamente que recordarlo. El rayo térmico. El rayo infrarrojo. “El rayo asestó el primer golpe a la chimenea de la fabrica…” Y más adelante: “El rayo de la hiperboloide danzaba furioso en medio de esta destrucción…”
…221, 220, 219, 218…
Calma. Sobre todo calma. ¿Que tenemos? “El rayo salido del cañón del aparato rascó encima de la puerta, cayeron astillas de madera.” Continuemos. “Los quevedos resbalaban de la húmeda nariz de Rolling, pero el seguía valerosamente en pie y miraba como tras el horizonte crecían hongos de humo y los ocho buques de línea de la escuadra norteamericana saltaban en pedazos…” No es eso, pero de todas maneras es magnifico. La húmeda nariz de Rolling… ¡Necesito la clave, la clave y no la húmeda nariz!
…187, 186, 185, 184…
“¡Ahí esta! La idea del aparato es simple hasta la imbecilidad…”
Yo sé que es simple… “En el aparato danzaban y zumbaban las llamas…” También lo sé. ¿De que habló entonces con Zoya…? Pequeñas pirámides. Hiperboloide de chamonita. Me quede sin saber lo que era la chamonita… ¡Alto ahí! ¡Una hipérbole de rotación hecha de chamonita! ¡pequeñas pirámides! ¡Hélice micrometríca! ¡Espejo hiperbólico! ¡Hurra!
…153, 152, 151, 150…
Ahora formulemos. Formulemos tranquilamente, sin prisa. Sí, aquí TEPSA se ha tirado otra plancha. Se ha equivocado TEPSA. No ha tenido en cuenta el nivel actual. Nada más fácil para nosotros que todas esas hipérboles, cohetes fotónicos y demás máquinas del tiempo, los partimos como nueces, para nosotros son coser y cantar.
Andrei T. expiró ruidosamente, aguardo a que en el display apareciera el numero 100 (para cuenta redonda) y se puso a describir, regodeándose, con pelos y señales el principio de funcionamiento y la construcción del aparato para obtener rayos infrarrojos de gran potencia conocido con el nombre de “hipérbole del ingeniero Garin”.
Se entusiasmó. Hablaba con expresión. Recitó los fragmentos preferidos. Gesticulaba generosamente y hasta intentó pasear adelante y atrás en la estrechez entre los armarios-cajones. Y —¡cosa maravillosa!— a medida que explicaba iban parpadeando más lentamente las lamparitas amarillas, disminuían los ruidos, se apagaban los olores y parecía que refrescaba. Y cuando describió con especial delectación y en todos los detalles el anillo de bronce con doce jícaras de porcelana para instalar las pequeñas pirámides de mezcla de aluminio y óxido de hierro (termita) con aceite sólido y fósforo amarillo. TEPSA se inmovilizó y calló definitivamente. Tal vez se hubiera dormido o simplemente se quedara con la boca abierta de admiración.
Andrei T. aguardó un poco y dijo:
—¿Bien?
En el display se encendió y apagó un siete solitario. Luego no aparecieron adelantándose unas a otras, no corrieron ceremoniosamente, sino que echaron a andar cada cual por su lado estas palabras luminosas:
Tercera pregunta respuesta exacta exacta exacta límite exactitud realidad de hipérbole micrometricidad de la hélice amarillez del fósforo comprendido exacto exacto exacto comprendido…
Deletreando por silabas este desvarió Andrei T. daba rienda suelta a su júbilo y se refocilaba malicioso. ¡TEPSA se había quedado patidifuso! ¡Ahí tienes, para que sepas como las gastamos nosotros! Se vé que no habrá ni que despedirse…
Pero otra vez su júbilo era prematuro. Volvieron a encenderse y parpadear las miríadas de lamparitas redondas, de nuevo empezó a susurrar, chirriar y chasquear en torno y TEPSA, como si no hubiera pasado nada, anunció animosamente:
—Fin de la primera etapa. Comienza la segunda etapa. El escolar Andrei me hace tres preguntas de cualquier genero, yo las respondo correctamente, fin de la segunda etapa, fin de la prueba. El escolar Andrei regresa a casa, al lado de su mamita. Informe comprendida información sobre segunda etapa.
El escolar Andrei quedo boquiabierto.
—¿Cómo es eso, al lado de mi mamita? —pronunció estupefacto. Por el display corrió este letrero:
Sin respuesta pregunta retórica sin puesta sin sin sin…
—¿Cómo es eso, al lado de mi mamita? —clamó indignado Andrei T.—. ¡Yo no necesito volver al lado de mi mamita! ¡No necesito volver a mi casa! ¡Quiero ir a donde esta Guenka! ¡Guenka espera mi socorro! ¡Eso no es honrado! ¡He contestado todas las preguntas!
TEPSA zumbo condescendiente:
—Información complementaria, explicación. incluso al Desea Pasar que ha salido airoso de la primera etapa de prueba se le permite el paso solo en caso de que yo no sepa, no pueda o no este en condiciones de responder correctamente por lo menos a una de las tres preguntas que se me hagan en la segunda etapa. Como la probabilidad de este caso es teóricamente mínima y prácticamente nula, la segunda etapa de la prueba se considera como procedimiento formal que precede al regreso del Desea Pasar por donde ha venido. Diga si ha comprendido información complementaria.
—Si —dijo sombrío Andrei T. Estaba a punto de llorar por la contrariedad—. Bueno, ¿y si le hago una pregunta a la que usted no responda?
—Imposible —repuso altanero TEPSA—. Soy todopoderoso. En todo lo que se refiere a preguntas, respuestas, adivinanzas, tareas, problemas, teorías, hipótesis, invenciones y ocurrencias, soy todopoderoso.
—Pero ¿y si a pesar de todo…?
—No puede haber ningún “a pesar de todo”. Soy todopoderoso. ¡Luchar y buscar, encontrar y no rendirse!
—No importa que sea todopoderoso —replicó Andrei T. en el tono del incrédulo Santo Tomas—. Pues si es todopoderoso, ahí va, tenga la bondad. Primera pregunta: ¿Cómo puedo llegar desde aquí a donde esta Guenka?
La respuesta cayó como un sablazo.
—De ninguna manera.
Y por el display corrió:
Primer a pregunta respuesta exacta exacta…
Andrei T. se mordió desesperado el labio. No le salió… Entendía algo de máquinas electrónicas. Si este TEPSA poseía una memoria bastante amplia (no había más que ver aquellos armarios-baúles) y era de acción bastante rápida no habría manera alguna de engatusarlo. Con toda seguridad existe en el mundo una adivinanza que no la sabe ni siquiera esta bestia de hierro, pero mientras se te ocurra esta adivinanza te harás viejo. Y no hay más que tres preguntas… bueno, ya quedan dos nada más…
contestada neutralizada exacta exacta respuesta
—Déjelo estar, joven —pronunció a su oído una voz raramente conocida.
Dió media vuelta y vió al lado al guarda o portero de antes en chapetón enguatado y con la carabina bajo el brazo. El pastor alemán no estaba.
—¿Crees que lo vas a vencer? —prosiguió el guarda-portero haciendo un ademán desesperado—. Ha sido puesto aquí para dar la vuelta a los que Deseen Pasar. No hay quien pueda con el. ¿Cómo hacen aquí? Por no meterse en el agua, ni pescado comen. Y usted solo piensa en el amigo, en su Guenka. El amigo contigo, sabe usted, es como el pez con el agua: tu te vas al fondo y él a la orilla. Pero eso es lo de menos, aquí usted no saldrá ganando nada, no. Pero, no le sigas la pista al lobo, se volverá y te comerá…
Solo en este momento, con gran sorpresa para sí, Andrei T. reconoció en el portero al Percherón. Es verdad que desde la última vez que se vieron Percherón se había encogido y enflaquecido un poco, pero no cabía duda, era el, imperdonable charlatán y oportunista.
—Conque escuche un buen consejo —refunfuño Percherón—, termine aquí. Bueno, hágale por pura formalidad unas preguntitas fáciles… algo así como cuantas son dos por siete… o donde va a parar la tierra cuando hay un agujero… Él le responderá, se despedirán amistosamente y a casa, a la camita, al lado de mamita…
—¡Fuera de mi vista! —dijo con voz ronca Andrei T. Temblando de furor.
Y Percherón se retiro.
“Una pregunta, una pregunta… —se torturaba Andrei T.— ¿De dónde saco yo una pregunta? ¿Y si le pido que demuestre algún teorema? De esos con los que tanto follón arman el hermano estudiante y sus melenudos amigos. Como… el problema de Holbach, por ejemplo, o ese… del n-número infinito de pares… No, no vale. ¿Y si de pronto lo demuestra? Ni siquiera podré verificar si esta bien o no. Hum… No, a la máquina no la asustas con preguntas inteligentes. Inteligentes… Aquí todo el quid esta en que una pregunta bien planteada contiene ya la mitad de la respuesta (de un discurso muy antiguo de papá acerca de los sufrimientos por un problema de aritmética actualmente olvidado). ¿Y mal planteada? ¿Y si la pregunta se plantea mal?
Hum… ¿Cómo plantearla?..”
—¿Por qué la gata tiene cinco patas? —espetó Andrei T.
TEPSA no se dignó responder de viva voz. Por el display corrieron estas palabras:
Pregunta no p r e g u n t a no correcta contiene f a l s a información falsa se rechaza…
Hablando con franqueza, Andrei T. esperaba algo así, pero inmediatamente fingió indignación.
—¿Cómo que se rechaza? —exclamó—. ¡No es honrado! ¡Usted mismo ha dicho que es todopoderoso! Si es todopoderoso debe responder cualquier pregunta…
—¡Aclaro! —proclamó concluyente TEPSA—. Información complementaria. Todopoderoso Electrónico Pensador Solucionador Adivino responde fiel acertadamente cualquier pregunta planteada correctamente. Rechaza las preguntas no correctas, es decir, las que contienen información deliberadamente falsa, del género: “¿Por qué los fantasmas llevan el pelo corto?” No responde las preguntas que tienen fondo emocional, del genero: “¿Por qué y de qué aparecen lágrimas en los ojos?” Deja sin atención las preguntas indeterminadas, del genero: “¿Qué sentido tiene la vida?” Hace caso omiso de las preguntas retóricas, del genero: “Ivan Ivanich, ¿es usted?” La exclamación: “¡No es honrado!” se rechaza. La declaración: “¡Usted mismo ha dicho que es todopoderoso!” se confirma. Ha terminado la aclaración. Continua la segunda etapa.
—De todos modos, no es honrado —rezongó Andrei T.
Comprendió que la cosa iba mal. El segundo intento de engatusar al ladino TEPSA también había fracasado. Bien, ¿Y que nos quedaba ahora? No tenía sentido plantearle problemas. Si existen en el mundo problemas que no puede resolver, yo no los conozco y no sabré inventarlos. Rechaza las preguntas tontas. Y, hay que reconocerlo, hace bien. En su lugar yo también las rechazaría. Por eso queda… ¿que? Volver a mi casa y meterme en la camita. Yo cuidaré mi angina en la camita mientras Guenka corre peligro y está a punto de perecer. Muy simpático…
Porque el intríngulis está ¿en qué? Es todopoderoso. Quiere decir que lo puede todo. Puede resolver: todos los problemas. Puede contestar todas las preguntas. Puede acertar todas las adivinanzas. Puede aclarar todos los teoremas…
¡Un momento, un momento! Alguien me dijo algo de esto. A mí o en mi presencia… No importa. ¿Qué era? Ah, ya. Que la palabra “todo” debe en cerrar alguna excepción, si no resulta una paradoja… ¡Una paradoja! Bueno, TEPSA, ¡ten cuidado! ¿Todopoderoso? Te voy a demostrar lo todopoderoso que eres, vas a bailar porque te lo mando yo. Ahora… Ahora… ¡Ah, ya! Pero primero hay que prepararlo. Y Andrei T. inquirió con aire insinuante:
—¿Y se puede preguntar simplemente, no por orden? No lo comprendo todo y quisiera aclarar…
—¿Una explicación? —profirió alegre TEPSA—. ¡Listo!
—Entonces, usted puede responder a cualquier pregunta correcta…
—Sí.
—Y puede resolver cualquier problema…
—¡Sí!
—Y puede inventar cualquier problema y cualquier pregunta…
—¡Sí!
—¿Cualquiera, cualquiera? ¿Sea la que sea?
—¡Sí ¡Sí! ¡Sí! ¡Soy todopoderoso! ¡Pienso, invento, resuelvo! ¡Pienso, propongo adivinanzas, adivino! ¡Soy todopoderoso!
—Magnífico —pronunció Andrei T. ahogándose de la excitación—. Excelente. Usted no morirá de modestia.
El jactancioso TEPSA permaneció un momento callado; luego proclamó con altanería:
—Nadie muere de modestia. La modestia no es mortal. Además, en general, yo soy inmortal.
—Enhorabuena —dijo Andrei T.—. Y ahora permítame una preguntita ya para el caso.
—En el marco de la segunda etapa de la prueba?
—Si. En el marco.
—¡Listo!
—Una preguntita —profirió Andrei T. y crispó con todas sus fuerzas los puños para que no le temblaran—. Es la siguiente preguntita. Datos: usted puede inventar cualquier pregunta. Responda: ¿puede inventar una pregunta correcta a la que no pueda responder?
TEPSA espeto en el acto:
—¡Sí!
En el display corrieron de derecha a izquierda palabras luminosas, segunda pregunta contestada neutralizada contestación exacta exacta exac…
Y en el mismo instante TEPSA espetó en el mismo tono orgulloso y seguro:
—¡No!
E inmediatamente bajando de tono:
—Sí.
Y acto seguido, ya casi tímidamente:
—No…
En el display comenzó una zarabanda. Chocando unos con otros o dando tirones, arrancando al galope o reptando apenas se movieron allí aproximadamente estos renglones:
N e u t r a l r e s p u e s t a 7 7 7 7 n o hay respuesta nutresi 777 sinos exactapuesta ngu…
Andrei T. sollozó de dicha. ¡Cabe imaginarse lo que estaba sucediendo en los intestinos electrónicos de aquel engreído idiota! Al analizar el comienzo de la pérfida pregunta TEPSA descubrió la expresión clave “puede” y por su omnipotencia respondió inmediatamente “si”. Pero una décima de segundo después llegó al analizador una expresión diametralmente opuesta: “que no pueda” y por la misma omnipotencia tuvo que responder “no”. Y aquello no tenía fin o TEPSA peleaba desesperadamente con este hipo lógico.
—¡Sí! —afirmaba en voz ronca—. ¡No! ¡Sí! ¡Sinosinosi! ¡No! ¡No! ¡No es honrado! ¡Sí!
Se conectaron y parpadearon desordenadamente todas las lamparitas redondas que había. En todos los armarios-baúles restallaban furiosamente las cintas magnéticas al rebobinarse. Zumbaba lleno de pánico el sistema de refrigeración, acelerando los giros de los ventiladores. Y en el display los sietes torcidos reptaban aburridamente como moscas de otoño en torno a la rara palabra “BNDESCH”…
—¡Ndiuk…! —grito con las últimas fuerzas TEPSA— ¡Am, dgu…!
Luego chirrió el oxidado candado y se abrieron de par en par las bajas puertas de roble, dejando entrar en la estancia un raudal de alegre luz solar y aire fresco. El can se acobardó y huyó con el rabo entre piernas. Y pasó entre las hileras de armarios-baúles con aspecto diligente Percherón, pero ya sin la carabina, en guardapolvo negro y gafas de potente armadura, parecido a un físico teórico de cualquier película. Se alejo al ultimo rincón de la estancia, hizo chasquear algo allí y TEPSA, lanzando un chillido de despedida, se calló.
—Otra vez te han escacharrado, querido —pronunció Percherón compadecido—. Talento mucho, pero provecho poco… ¡Je, je, je, je…!
Andrei T. cayó en la cuenta y miró la esfera luminosa. No dió crédito a sus ojos. ¡Las saetas negras marcaban las veintitrés horas veintiún minutos! habían transcurrido cinco minutos nada más desde que comenzó la ascensión por la escalera de grapas!
—¿Que tiene de extraño? —llegó hasta ella voz de Percherón—. A usted lo grabaron a gran velocidad y reprodujeron la grabación a la velocidad normal…
Andrei T. no preguntó lo que significaba eso. Sujetando en el seno el “Spidola” salió precipitadamente afuera.
Se encontraba en el centro mismo de una plaza recubierta de limpia y rojiza arena, redonda y completamente lisa, como el suelo de la sala de neblina blancuzca. Lucia en todo su esplendor el sol y era raro estando tan cerca de la medianoche de Año Nuevo, aunque al mismo tiempo parecía completamente natural, como las varias Lunas en diferentes fases diseminadas por distintos sectores del firmamento azul. Rodeaban la plaza en correcto anillo lindos pabellones de diferentes colores; sobre la entrada de cada pabellón había un, rotulo artísticamente pintado.
“Filatelistas —leyó Andrei T. girando despacio sobre los talones—, filocartistas, numismáticos, bonistas…”
No dudaba en absoluto de que el pobre Guenka se encontraba ya muy cerca, incluso le parecía oír ya su voz, que seguía pidiendo socorro, simplemente sabía que Guenka estaba a dos pasos de allí, pero desconocía hacia que lado dar estos pasos. Tenía la esperanza de preguntar en una oficina de información y buscaba el correspondiente entre la infinidad de artísticos rótulos.
Pero muy pronto comprendió que no encontraría allí tal rotulo. Allí no había oficina de información. Tampoco podía haber comisaría de milicias, ni quiosco de periódicos, ni puesto de verduras. Allí solo había instituciones (¿posiblemente clubes?) donde cultivaban todos los hobbies, pasiones, pasioncillas y aficiones imaginables del hombre. Había pabellones para los perfectamente comprensibles AEROMODELISTAS, para los confusamente conocidos TIFOSOS y para los completamente incomprensibles GASTRÓNOMOS. Había para los MELÓMANOS, había para los BIBLIÓFILOS y hasta para los ALCOHÓLICOS Y los NARCÓMANOS, aunque a quien, que tuviera sentido común y estuviera en su sana juicio, podía ocurrírsele la idea de mantener abierto un antro para alcohólicos y narcómanos?
Andrei T. percibía ya que se iba apoderando de el la desesperación cuando su mirada se detuvo en el rotulo FILATELISTAS. Y al instante sintió alivio y buen humor. Los filatelistas eran algo próximo, como los tifosos o bonistas. El propio Andrei T. era filatelista y el filatelista no es un lobo para el filatelista, no es un alcohólico cualquiera. El filatelista siempre explicará al filatelista como llegar hasta el amigo que sufre. Mejor que una oficina de información. Y Andrei T. atravesó a todo correr la plaza, dirigiéndose al pabelloncito amarillo de huevo que tenía el rotulo FILATELISTAS.
Claro está, como filatelista era todavía joven y no muy experto. Muchos secretos de este honorable hobby permanecían encerrados para el bajo siete llaves, pero ya conocía las leyes fundamentales de la filatelia. El aplicado estudio de la revista Filatelia de la URSS, del anuario El coleccionista soviético y también del catalogo francés Ivert mugriento, que había perdido hacia tiempo las tapas, reportó sus frutos. En todo caso sabía lo principal: a) la estampilla más bonita no es la más valiosa; b) la más valiosa no es sin falta la más interesante; c) cortando simplemente los dientes a la estampilla no se la convierte en raro ejemplar.
En el pabellón rodearon a Andrei el silencio, el fresco y una grata penumbra. Adosados a las paredes había armarios, anaqueles y vitrinas encristalados, llenos de álbumes y guardasellos. Los álbumes y guardasellos estaban esparcidos en agradable desorden por la superficie de la larga mesa del centro. Los álbumes y guardasellos se amontonaban en taburetes y sillas. ¡Decenas y centenares de álbumes y guardasellos! ¡quizá miles…! Andrei T. no se imaginaba siquiera que pudiera existir tal cosa, aunque sabía, naturalmente, por la literatura que durante el último siglo y medio en el mundo se habían emitido cerca de un millón de estampillas postales…
Sin darse cuenta, se acercó a la mesa y abrió al azar uno de los grandes guardasellos. La sangre se le subió a la cabeza, sintió mareos y fiebre: el guardasellos estaba repleto de “zeppelines”. Y no crean, no había solo sellos dedicados a los vuelos intercontinentales del dirigible “Conde Zeppelin”, nada de eso. Allí estaban coleccionados todos los sellos de todos los países con dibujos de dirigibles: precisamente así los habría coleccionado el propio Andrei T. si no hubiera sido un escolar de octavo grado, sino un pequeño Estado de industria desarrollada y con un capitulo del presupuesto que estipulara el completamiento y la profundización de las colecciones estatales.
Allí había “zeppelines” de Italia y de Liechtenstein, “zeppelines” del Paraguay y rarísimos “zeppelines” de los EE.UU., los famosos alemanes “Polar Fart” y “Sudamerika Fart”, allí había magnificas series soviéticas dedicadas a la construcción de dirigibles y todas las variedades del “Maliguin”, sobres leningradenses transportados por el dirigible LTS-127 de Leningrado a la bahía Tijaya y de allí por el rompehielos “Maliguin” a Arjanguelsk con todos los timbres, matasellos y señales correspondientes…
Arrellanado en una cómoda y alta butaca, Andrei T. sostenía en una mano una gran lupa de filatelista y los dedos de la otra apretaban unas pinzas especiales de filatelista cómodamente curvadas; la lámpara de mesa con visera inundaba las páginas del guardasellos de viva luz mate y el hojeaba y examinaba, examinaba y estudiaba, estudiaba y saboreaba, y el mundo se hizo estrecho, tibio y extraordinariamente confortable: no había en aquel mundo nada más que el circulo de luz y la belleza de los sellos que resplandecían como piedras preciosas.
Por cierto, había en este mundo también un Comentador. Pero permanecía modestamente en la sombra, fuera del círculo iluminado, y era obsequioso, útil y nada importuno. No había que escudriñar en las páginas del nuevecito y más moderno Ivert: la página de la serie buscada se abría por si misma y solo aparecía un instante la diestra mano morena. No había que escarbar en las montanas de literatura de consulta: la voz baja y benévola comunicaba sin dilaciones todo lo más interesante de cada sello, de cada sobre, de cada matasellos especial. No había que alargar la mano para coger un nuevo álbum: el mismo saltaba silenciosamente de la oscuridad dirigido y abierto por la misma diestra mana morena.
—¡”Zeppelines” sin dientes! —exclamo estremecido Andrei, y la voz suave y benévola confirmó inmediatamente:
—Exacto. Y preste atención: ejemplares angulares, grandes márgenes…
—¡Y sin engomar!
—En estado ideal.
—¿No serán falsificados?
—De ninguna manera. Mire con lupa. ¿Lo ve? La impresión es en cuadrículas, mientras que los falsificados están impresos en puntos…
Pero llegó el momento en que los “zeppelines” se agotaron y entonces el Comentador propuso con su voz suave:
—¿Tal vez le interese el tema “Cosmos”?
—Bah, eso es papel pintado… —repuso inseguro Andrei T. repitiendo las palabras de un cofrade filatelista.
—En cierto sentido, si, no cabe duda —asintió el Comentador—. Los comerciantes en sellos aprovechan hábilmente la popularidad de este tema para hacer sus dudosos negocios… Pero usted mire.
En efecto, allí había que mirar. Series de la Guinea Ecuatorial, brillantes como mariposas tropicales… Laminas estereoscópicas de Butan que pasmaban la imaginación… Sellos de las jóvenes republicas africanas, pescados, parecían acunados como monedas en dorado papel de estaño… Festín de colores, exuberante fantasía.., Había incluso una de las famosas láminas conmemorativas can la efigie de Yuri Gagarin, que estuvieron con el cosmonauta Gueorgui Grechko a bordo de la nave espacial “Saliut”. ¡Todos los autógrafos de todos los cosmonautas! ¡Sellos del “Correo lunar”…!
—Y fíjese en este sobre… —dijo y mostró el benévolo Comentador que lo sabía todo—: una rara errata de imprenta en la fecha: 1999 en vez de 1969…
Los álbumes y guardasellos se sucedían en continuo e inagotable torrente y poco a poco empezó a apoderarse de Andrei una confusa inquietud.
Por qué se iba haciendo más oscuro alrededor y se encendía más vivamente el tentador círculo de luz donde surgían nuevos y nuevos tesoros? ¡Por qué las pinzas tendían como espontáneamente hacia la siguiente obra maestra y la lupa parecía ingeniárselas para aumentar y revelar mejor un sutil matiz? ¿Y por qué no lograba distinguir en la oscuridad que se iba condensando al benévolo y sapientísimo Comentador? ¡Y el “Spidola”, el viejo y fiel transistor! ¿cómo has ido a parar allá, al armario más alejado? ¿Que pasa aquí?
¡Guenka!
Andrei T. dejó la lupa y las pinzas y se apartó de un tirón de la mesa junto con la butaca.
—Perdone —balbució—. Le estoy muy agradecido, naturalmente…
—Todavía no ha visto lo más interesante —lo detuvo suavemente el Comentador—. ¡Los clásicos! Porque usted sabe lo que son los clásicos, ¿verdad? La vieja Alemania, el Penique Negro en hojas, las colonias británicas…
—Todo eso, claro, es interesantísimo —balbuceó contrito Andrei T. y se puso en pie—: Pero, comprende. Llevo mucha, prisa… Y a propósito, usted no podría decirme… .
—Usted no comprende —pronunció el Comentador inspirado e insinuante—. Tendría que habérselo explicado antes… No es una simple exhibición, joven. ¡Es una EXHIBICIÓN DE REGALO! ¡Para el visitante número cincuenta mil! ¡Se le permite escoger cualquier sello!
Tal suerte toca una, vez en la vida…
Andrei T. se volvió por primera vez de cara a él.
—El caso es… —empezó, y se detuvo con la boca abierta.
Sí, claro, ¡era otra vez Percherón! Se había secado del todo convirtiéndose en un verdadero enano, un enano moreno y negro de deslumbrante pechera blanca y deslumbrantes puños blancos, pero no cabía duda, ¡era Percherón en persona!
—Es… escuche —tartamudeo Andrei T., y retrocedió un paso.
—¡Sí! —Chilló con voz inaguantable el Comentador Percherón—. ¡Si, soy yo! Pero ¿qué importancia tiene eso? ¿Y ha visto esto?
Su brazo, refulgiendo con el puno como un rayo de seis metros, zigzagueo en la oscuridad, tomo de ella y dejo caer con estrépito sobre la mesa en el circulo de luz una caja metálica plana con cuatro cerraduras secretas de diferentes sistemas.
—Usted debe ver esto, joven… —dijo en voz ronca Percherón, apretando presurosamente las teclas y marcando los números en el disco de un teléfono en miniatura, chasqueando, tableteando y chirriando—. Son pocos los que han visto, pero usted va a verlo ahora… Y tal vez no solo lo vea… Por ser el visitante numero cincuenta mil… Es su derecho… Claro, tendrá que cumplir varias formalidades… ¡Aquí tiene, por favor!
Se abrió la tapa de la caja de acero. Sobre terciopelo negro, bajo una placa de cristal blindado, a la luz de la lámpara yacía EL.
Singular. Irrepetible. Único. Fantásticamente famoso.
—¡El Guayana rosado! —musitó con veneración Andrei T.
—¡El mismo! —confirmó, relampagueantes los ojos, Percherón.
—¡Pero si no figura ni siquiera en la Real Colección Británica!
—¡Pues nosotros lo tenemos!
—Es para quedarse turulato… —gimió lastimero Andrei T. Y sobrevino el Silencio de Respetuosa Contemplación.
No, mejor lo diremos así. El mencionado Silencio intentó sobrevenir, pero no le salió nada.
Terció el olvidado “Spidola”. Terció en voz baja, pero con toda decisión. Entonó una sencilla canción de la que no se sabe por que a le entraba siempre hormiguillo en la espalda y se ponía triste y alegre al mismo tiempo. Era la canción del Alegre Tambor, de un simple tambor, pero “Spidola” la cantaba con toda el alma y resultaba que no se trataba solo de que el Alegre Tambor tomaba en las manos los palillos de alce. Lo principal consistía en que el mundo es inmenso y complicado, que en este mundo el hombre tiene mucho que hacer, que la vida es corta y el Universo, eterno, y es ridículo gastar los mejores años en nimiedades, y cualquier sello, hasta el más famoso, no pasa de ser un pedacito de papel pintado y no vale más que el fajo de pedacitos de papel pintado que ofrezcan por su venta…
Pero mira verás,
como el Alegre Tambor,
redoblando por la calle va…
…cantaba “Spidola”, y Andrei, reprimiendo las lágrimas, lo escuchaba y se prometía nunca más, nunca más…
La Respetuosa Contemplación no tuvo lugar. Sin lanzar siquiera una mirada de despedida al Guayana rosado, Andrei T. se encaminó silencioso a lo largo de la mesa al rincón más oscuro para tomar el receptor en sus manos de dueño y estrecharlo contra su pecho de dueño. Se acercaba ya al armario cuando a sus espaldas se oyó un graznido nada humano. Se volvió y en el mismo instante Percherón saco una pistola láser de bajo el sobaco. Un rayo cegador atravesó la oscuridad por encima de la cabeza de Andrei y se clavó en el pecho del ministril transistor.
Andrei T. perdió el aliento de horror; el “Spidola” emitió lastimeramente a media palabra y se calló. En medio del indicador de bandas ardía una mancha cárdena, enfriándose a ojos vistas.
—¡Eso es una canallada! —gritó Andrei T. Cogió el “Spidola” del armario y lo ocultó a la espalda—. ¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?
Percherón estaba al otro extremo de la mesa y lo miraba, adelantando su repulsiva fisonomía.
—¡Vete! —grito sibilante—. ¡Vete y revienta!
—Eres un bestia —dijo Andrei T.—. ¡Qué receptor has echado a perder! Tan buen cantor como era…
A él mismo le parecía un poquito extraño no sentir ningún temor ante este fantástico canalla con su fantástica arma. Solamente sentía pena por el receptor, alarma por Guenka y contrariedad por el tiempo perdido. Pero en cambio ahora sabía a donde ir: el armario giro lentamente sobre un eje invisible y abrió paso en la herrumbrosa y húmeda oscuridad.
El lugar era completamente incomprensible. Andrei T. andaba por unas galenas con rejas de hierro y de cuando en cuando descendía por abruptas escalas también de hierro. Las rejas de las galenas y los peldaños de las escalas estaban oxidados y húmedos. A la derecha se prolongaba una rugosa pared mojada. A la izquierda se prolongaban oxidadas y mojadas barandillas de hierro. Al otro lado de las barandillas había un tenebroso abismo y hasta donde alcanzaba la vista no había nada más. De lo alto, a través del entrelazamiento de vigas y rejas, indudablemente también de hierro, oxidadas y mojadas, se filtraba una luz raquítica y oxidada. Nada más. Al principio Andrei T. creyó que había caído en alguna mina extraordinaria, después pensó en las interioridades de un viejo vapor oceánico, luego se figuró que estaba en un presidio abandonado y terminó dejando de pensar en estas cosas.
De cuando en cuando en la pared de la derecha aparecían puertas de hierro oxidadas y mojadas con letreros diversos y monótonos tipo: “Salida de emergencia” o: “Salida aquí” o: “Entrada no. Salida” o incluso: “Aquí esta la salida”. Una vez por pura curiosidad Andrei T. entreabrió la puerta con el letrero “La salida más sencilla de” y contemplo al abuelito dormido, después de lo cual cerró herméticamente la puerta, se limpió la mano en el pantalón y siguió adelante sin detenerse ya. Pero cuanto más adelante iba más frecuentemente encontraba puertas obstruidas por pilas de cajones vacíos o por escobones y palas o simplemente condenadas con tablas clavadas en cruz. Posiblemente esto demostrara que el adversario ya había renunciado a los intentos de detener a Andrei T. mediante la intimidación, la desinformación y el soborno. Si era así, ahora esperaba a Andrei un franco combate.
Aquí había una dificultad: Andrei no tenía experiencia de verdaderos combates. En las actuales circunstancias, evidentemente, no se podía considerar experiencia la participación en campañas casuales después de las lecciones como vencedor o vencido. Ciertamente, a primera vista podía apoyarse, por un lado, en la experiencia de combate del abuelito, que había sido teniente coronel, y, por otra, en el copioso material leído en la Literatura batallista y visto en el cine. Pero, a juzgar por los relatos del abuelo, la ciencia de vencer se reducía principalmente a la ciencia de abastecer a la tropa de municiones y víveres en cantidades suficientes, lo que tampoco cuadraba con las actuales circunstancias. Y de la literatura y el cine Andrei, como adrede, ahora no recordaba nada más que una frase clara, pero bastante inútil: “¡Avanzar! ¡Se ahogan ya!”
En una palabra, por más vueltas que le daba lo más sensato parecía lo siguiente: suspender el impetuoso avance, tratar de reunir información sobre el enemigo, evaluar tranquilamente la situación y entonces actuar ya en correspondencia. Y aminoró de buena gana el paso y pasado un minuto se detuvo apretando con el codo al costado el receptor callado para siempre. De pronto vio ante si a Guenka.
—Guenka… —musitó Andrei T. sin dar crédito a los ojos.
El Albaricoque estaba tal como lo viera la última vez cuando se despidieron después de la escuela “hasta el año que viene”: en cazadora de cuero desabrochada, con la bolsa azul celeste de Aeroflot colgada del hombro, con copos de nieve en el pelo de la cabeza descubierta y no parecía que sufriera ninguna desgracia.
—¡Guenka! —grito Andrei T. loco de alegría—. ¡Hurra! ¡Huyamos!
—Yo no soy Guenka —pronunció contrito Guenka.
Andrei T. parpadeó. Vio que, efectivamente, no era Guenka. Mejor dicho, no era del todo Guenka. En primer lugar, el verdadero Guenka nunca hablaba contrito, simplemente, no sabía. En segundo lugar (y eso le pareció a Andrei lo principal), este Guenka se transparentaba de parte a parte. La verdad sea dicha, no se transparentaba mucho, sino un poco. Leer el periódico a través de el sería, seguramente, difícil, pero ver la televisión, por ejemplo…
—Entonces… ¿quién eres tu… usted? —preguntó desconcertado Andrei T.
—Soy Advertencia —respondió el transparente Guenka, y se sonrió turbado.
Era fácil comprender y perdonar esta turbación. En efecto, es cómico y molesto decir uno que se llama Advertencia si es enorme como un tanque, tiene los mofletes gruesos y sonrosados, el pelo espeso y rizoso (¡muy pop!) hasta los hombros y un grano cuidadosamente oculto, pero perfectamente distinguible en la frente. Y lo que no se podía perdonar era la franca insinuación que indudablemente encerraba un nombre tan lírico.
—¿Advertencia? —profirió Andrei T. encolerizándose—. Me gustaría saber para quien es esa advertencia.
—¿Como que para quién? Para ti, naturalmente —respondió con mala ingenuidad de fantasma Guenka-Advertencia.
—¿Ah, para mí? —Andrei T. bajó la voz hasta el refunfuño—. ¿Y quién te ha pedido a ti que me adviertas algo?
—No me lo ha pedido nadie.
—¿Y si no te lo ha pedido nadie, por que te metes con tus advertencias?
—¿Y tu qué?
—¿Qué yo qué?
—¿Por que has frenado? ¿Te has asustado?
—¿Yo me he asustado?
—Tu.
—¿Yo?
—Tu.
—¿Yo me he asustado?
—Yo no se si te has asustado o no te has asustado —balbució Guenka-Advertencia haciéndose por la molestia más transparente todavía—. Lo único que veo es que has frenado y casi no queda tiempo hasta la medianoche. Por eso yo…
—Pero ¿te lo han pedido? —estalló Andrei T.— ¿Te han pedido que adviertas? ¿Crees que sin ti no recuerdan? ¡No necesito advertencias! ¡He vivido cien años sin advertencias y viviré otros cien! A mi tus advertencias…
En este momento descubrió que estaba hablando a solas y se calló enfriándose. Sorbió por la nariz y se arreglo el receptor bajo el brazo. Miró de reojo el lóbrego abismo tras las barandillas oxidadas. Sorbió otra vez por la nariz. Miró de reojo el lugar donde momentos antes pendulaba Advertencia. Y sin permitirse ni un segundo más de reflexión se lanzó abajo por los retumbantes peldaños de hierro.
Pasó como un huracán por las trepidantes galerías enrejadas, subió como un bólido por las zumbantes escalas, saltó por encima de cajones y costales, se deslizó por debajo de unas estructuras colgantes, era diestro, impetuoso, potente, elástico, flexible e incontenible. Para él no había obstáculos en el mar ni (menos aún) en tierra. No lo aterraban los hielos ni (¡da risa decirlo!) los amos de este barracón de feria con sus rejas oxidadas. ¡Adelante, por Guenka! Tenía un claro objetivo y no necesitaba ninguna vergonzosa advertencia. Era una lastima, claro, no tener en las manos un lanzacohetes, una metralleta de asalto, en el peor de los casos, el trípode de combate, pero el arma principal es ¡decidirse…!
Y por fin se encontró en la galería inferior, en la última escala y ante él se abrió una escena que infundía estupor…
…La acción transcurría en el fondo de una gigantesca caldera, de unos cincuenta metros de diámetro, con las paredes bajas, de la altura de un caballo. En el centro mismo de la caldera se alzaba Guenka el Albaricoque. Estaba en su actitud tan conocida, abiertas las piernas, las manos a la espalda, ceñudo y sombrío, como estuvo centenares de veces ante el encerado cuando no se sabía la lección hasta el extremo de que no podía utilizar lo que le soplaban. Pero Andrei T., mirándolo solo de soslayo, reparó con ojo entrenado en el pelo revuelto, el ojo a la funerala y los rasguños en los nudillos. Todo eso, claro, era muy interesante, pero lo que absorbió de verdad por entero la atención de Andrei al primer vistazo fue el asombroso publico aposentado holgadamente junto a la pared de la parte izquierda de la caldera en infinidad de sillones, sillas, divanes, sofás y demás sentaderos. En los primeros momentos el increíble abigarramiento de colores y formas en esta infinidad de gente no dejaba a Andrei concentrarse y solo poco a poco adquirió la capacidad de distinguir figuras aisladas.
Había allí una vieja de repulsivo aspecto en remendado sayo gris que se le alzaba en la espalda en dos agudas jorobas de distinto tamaño. Su fisonomía también era gris, la nariz corva como pico de gavilán, el ojo derecho ardía con luz roja como un fotorrefractor y en lugar del Izquierdo destellaba débilmente un gran cojinete; no tenía mentón, sobresalían separados los dientes amarillos. En una palabra, era una vieja de la que había que huir corriendo a más no poder inmediatamente, impetuosamente e interminablemente…
Había allí un gordinflón espantoso en informe traje a cuadros rojos y blancos, sentado en cuatro sillas y la mitad de un sofá, todo un montón de tocino esponjoso e insano. Su rostro, por sus contornos generales y el color, así como por la expresividad, se parecía a la famosa primera hojuela y, por añadidura, no simplemente a la primera, sino a la más primera de todas las hojuelas. Por lo demás, no obstante todo su terrorífico aspecto, este gordinflón no era seguramente de los adversarios peligrosos, pues empleaba todas sus energías en no derramarse y extenderse por el suelo…
Y había allí un hombre sorprendente, parecido a una percha torcida. Era el único de toda la compañía que estaba de pie, sujeto por una muleta delante y dos a los lados; pendía en el un gabán desabrochado color guisante que dejaba ver: una mugrienta bufanda de seda que colgaba hasta el suelo, unos holgados pantalones a rayas y un jersey de lana también a rayas que no contenía dentro, al parecer, nada más que una pequeña porción de aire ligeramente viciado. El aludo sombrero calado hasta los ojos y ladeado ocultaba casi todo su rostro, de modo que solo podía verse su estrecho mentón, que brillaba como barnizado, y la estrecha cachimba adelantada, que brillaba como el barniz…
Y había allí también un joven pop, bueno, no simplemente pop, sino con cara de borrego degollado, largos cabellos lacios, abotagado rostro lleno de granos y ojos tan enrojecidos e inflamados que recordaban al Dormido de Wells cuando despertó. Ocupaba una maciza butaca de cuero, tumbado a través a la manera del detective Paul Drake, meciendo una pierna tendida sobre el brazo de la butaca y envuelta en una pernera de anchura sobrenatural, endurecida por el barro, hurgándose la nariz y acercando a cada momento al cigarrillo pegado al labio un lujoso encendedor “ronson”…
Y había allí también un esperpento de hercúlea complexión sin cuello, en camiseta a manchas lilas, en pantalón corto de gamuza y zapatillas deportivas sin calcetines, de pálida piel sin vello llena de extravagantes tatuajes y una colosal mandíbula cerdosa, que se movía constantemente y con mucha energía no se sabe si triturando los adoquines que habían caído en las fauces o calmando la picazón en las encías inflamadas. Este ciudadano casi no tenía ojos ni frente; en todo caso, para verlos se necesitaba concentrar la vista; en cambio tenía unas colosales manazas como horquillas que hacían juego con las mandíbulas y con las cuales doblaba y enderezaba distraídamente una barra de hierro de las que usan los porteros para romper el hielo…
En total allí había no menos de una veintena de feos y diferentes, y todos se distinguían asombrosamente unos de otros por las formas y el colorido, como si pertenecieran a diferentes familias zoológicas, y al mismo tiempo eran semejantes en algo: seguramente en que con su propia pinta y sus manas lanzaban todos insolentemente un desafío a la opinión difundida de que en el hombre todo debe ser hermoso, y por ello constituían indudablemente esa comunidad indefinible que suele llamarse mala compaña o compañía inconveniente. Y cosa rara, aunque cada uno de ellos era una asquerosidad inmunda y absurda, Andrei, que los miraba pasmado, en el fondo del alma tenía la sensación de que no eran completamente desconocidos para el, que ya los había visto en alguna parte a ellos o como ellos, no sabía si en las reproducciones de cuadros de pintores celebres, o en ilustraciones de libros de escritores famosos, o tal vez al natural, vivos, de carne y hueso…
Agarrado al hierro mojado de la barandilla, Andrei poco a poco volvió en si, se le paso el estupor del primer shock y percibió al instante las vaharadas de fría hediondez que ascendían de la gigantesca caldera, oyó las voces que resonaban sordamente en aquel barril de hierro y comprendió lo que sucedía.
Era un interrogatorio. La. compañía inconveniente interrogaba a un prisionero y el prisionero no era otro que el viejo y fiel amigo Guenka alias el Albaricoque.
—Bien, mocito —pronuncio el Hombre Sorprendente, apoyado en las muletas—, ¿vamos a seguir callados?
—¡Cree que nos hemos juntado aquí para jugar con él a la chiticallando! —resopló el Primer Hojuela, y se rió de su propio chiste por lo que temblequeó todo su cuerpo como gelatina no congelada.
—A la chiticallando te veo —añadió el Joven de Ojos Enrojecidos, jugando con el “ronson”.
—Se acerca la medianoche y no sacamos nada en limpio —gruñó el Fascista Superviviente en uniforme sin botones y con pata de palo—. ¿Cuánto se puede persuadir a este mozalbete? Nos perdimos la comida y la cena persuadiéndolo.
—Denmelo a mí —propuso con silbante susurro el Esperpento de la Mandíbula sin dejar de masticar.
—Silencio, colegas —dijo el Hombre Sorprendente; emitió de la pipa una voluta de humo azul y se dirigió nuevamente a Guenka—. A mi me parece, joven, que usted no ha comprendido todavía que no tiene salida y que de todos modos tendrá que contar…
—Ah, hablará —dijo con voz trémula la Vieja de las Dos Jorobas—. No quiere hablar con ustedes, malas personas, pero a mi me lo contara todo. Verdad que si, cariñito? ¿Le contarás a la bondadosa abuelita como se formula la ley de Boyle-Mariotte?
En respuesta a esta extraña e inesperada pregunta Guenka solo alzo imperceptiblemente el hombro y entonces metió baza la Chapucera de Variedades, que había subido los pies al diván y devoraba a puñados caramelos y bombones de las cajas puestas a su alrededor. Limpiándose con la mano los morros sucios de chocolate y pomada de los labios, dijo resueltamente:
—Sí, se va a ver, sería mucho más interesante aclarar el esquema de producción industrial del ácido sulfúrico. Tampoco vendría mal el esquema del laboratorio…
—Que me explique a mi todo lo de las ecuaciones al cuadrado porque de lo contrario le arrancare las tripas y las enrollare en un tambor —mascullo el Esperpento de la Mandíbula sin dejar de masticar.
—¡Un momento, un momento! —rebuznó el Hombre-Asno saltando y derribando su taburete—, ¡por qué yo no he oído nada de la estructura del infusorio! Y tampoco me han dicho por que cuando se humedece la cara con agua de colonia sentimos frescura…
—¡Sin hacer cola, ni hablar! —gritó el Fascista Superviviente y pegó un golpe en el suelo con la pata de palo.
En este momento la honorable compañía de monstruos estalló. Se abrieron a la vez la veintena de bocas, las amenazas, maldiciones y exhortaciones al silencio y el orden se confundieron en ininteligible vocerío, las paredes de hierro de la gigantesca caldera zumbaron y retembló hasta la reja de la galería donde se encontraba Andrei T. El Fascista Superviviente llegó a las manos con el Hombre-Asno, la Vieja de las Dos Jorobas agarro furiosa de los pelos a la Chapucera de Variedades, el Esperpento de la Mandíbula (sin dejar de masticar) alzó amenazador la barra de hierro sobre la cabeza… Pero el joven de Ojos Enrojecidos, que no había abandonado su butaca, se quitó el cigarrillo de los labios, metió dos dedos en la boca y emitió un estridente silbido que ensordeció a Andrei. Y el tumulto en la caldera se calmó instantáneamente.
—Continúe —dijo el Joven de Ojos Enrojecidos al Hombre Sorprendente.
Este soltó en el aire nauseabundo de la caldera dos volutas de humo azul y señalizó a Guenka con su largo y huesudo dedo.
—Responda, joven, y sin tardanza —pronunció—. ¿Qué países van a la cabeza en la producción mundial de tejidos de algodón?
Guenka no despego los labios.
—¿Cuál es el peso relativo de los EE.UU. en la producción de fluido eléctrico de los países capitalistas desarrollados?
Guenka alzó imperceptiblemente un hombro.
—¿Qué materia prima mineral exportan los países del Sur de Asia al mercado mundial?
Guenka siguió inmóvil.
Fueran quienes fueran estos horrendos inquisidores-examinadores —Saboteadores o exploradores procedentes de otro mundo o servidores de un culto desconocido— no tuvieron suerte con Guenka. En primer lugar, Guenka era un alumno mediocre de nacimiento y no sabía nada de eso (de física, matemáticas, biología y menos aun geografía económica) ni quería saberlo. Pero lo principal es que era de los que nunca ceden a nadie ni en nada. Sobre todo cuando lo ponen entre la espada y la pared. El propio Andrei T. fue testigo de como en el metro una honorable mujer de edad cargada de bolsas y bolsitas puso a Guenka entre la espada y la pared. Guenka paso ocho paradas, incluso aquella en la que tenía que apearse. Enrojecía, palidecía, leía el periódico en el que estaban envueltas sus botas con los patines, hasta se fingió muerto, pero no cedió su sitio… Sí, esta banda de monstruos tenía que haber agarrado a alguien más flaco de espíritu y más fuerte en conocimientos.
—Y dime, chico —pronunció insinuante el Fascista Superviviente—, en que se diferencia el tanque T-34 del tanque T-6 “Tigre”?
Dió en el blanco. Guenka tenía fama en toda la escuela de conocer al dedillo los tanques, la artillería, la aviación, los mísiles y otro material de guerra, tanto de fabricación soviética como extranjera, tanto moderno como de viejas épocas. ¿Sería posible…? Pero Guenka era Guenka. Movió imperceptiblemente un hombro y escupió a un lado. Entre los monstruos cundió la estupefacción.
—Oiga, joven —profirió el Hombre Sorprendente—; usted cree que nuestra paciencia es infinita. Pero ante usted están no unos pelmazos cualesquiera, no unos pasmarotes ni unos intelectuales impresionables. ¡Pruebe a poner en tensión su mezquino magín y figúrese lo que será de usted cuando después de la medianoche tengamos sueltas las manos!
La Vieja de las Dos Jorobas se relamió. El Primer Hojuela se froto las manos con fruición. La Chapucera de Variedades soltó una risita de conejo. El Esperpento de la Mandíbula quebró la barra y arrojo los trozos, que chocaron ruidosamente en el suelo de hierro.
Andrei T. echó una mirada a la esfera luminosa. Las saetas negras marcaban la noche de Año Nuevo menos cinco minutos. De pronto algo chasqueó a sus pies. Miro… Una espada. Mojada, oxidada, fría como todo lo que había allí. Pero era una espada. Un arma. ¡La fuerza! Solo la fuerza podía oponerse a aquel anfiteatro de bandoleros que nadaban en la hediondez. Alexei Tolstoi lo dice de otra manera y, bien mirado, allí no había ningún anfiteatro, pero eso no tenía importancia. Andrei T. limpio el puño de la espada con el faldón del anorak.
—Hay que suponer —dijo el Hombre Sorprendente— que usted sigue confiando en la ayuda de su amigo Andrei T. Es inútil. Se acerca la medianoche, se acerca la hora de las Acciones Extremas, se acerca una prueba terrible para usted, joven, y mientras tanto —el Hombre Sorprendente alzó la voz—, mientras tanto ese a quien usted llama amigo esta tranquilamente sentado, rodeado de sus sellos preferidos, saborea su helado de fruta preferido y ha olvidado hasta pensar en usted.
—¡Mientes! —rugió Andrei T. y saltó a la barandilla de hierro—. ¡Mientes! —gritó y de otro salto aterrizo en el centro mismo de la caldera al lado de Guenka—. ¡Venga! ¡Vengan todos contra mi! ¡Contra uno solo! ¡Adelante, adelante!
—¡Y no rendirse…! —entonó de pronto con voz ronca el “Spidola” redivivo.
¡El Esperpento de la Mandíbula avanzaba sobre Andrei abriendo las monstruosas manazas. Lo seguían a un paso, sonriendo malévolos y mirándose, el Fascista Superviviente y el Joven de Ojos Enrojecidos. Andrei T. se sonrió sombrío y lanzo una estocada a fondo…
El hermoso sol de Año Nuevo atravesaba los cristales de la ventana cubiertos de escarcha.
—Ha venido tu amigo —dijo el abuelito.
—¿Qué hora es? —pregunto Andrei T. con voz ronca del sueno.
—Las diez dadas —dijo el abuelito, y se retiró. Se acerco Guenka el Albaricoque, completamente rojo de la helada, con copos de nieve en el pelo pop y sin el autódromo. Se sentó en un taburete y empezó a mirar a Andrei con ojos lastimeros y contritos. Sus locuaces e incoherentes explicaciones se reducían a que había sido imposible zafarse de Kuzia, después Slavka trajo nuevos discos y luego el papá de Kuzia hizo un refresco y luego se estropeo el magnetófono y luego llegó Milka… ¡Si, claro, Milka! Haberlo dicho desde el comienzo…
—Sabes, Albaricoque —dijo Andrei T. interrumpiendo en la mitad todas estas explicaciones que le merecían poco crédito—, quiero hacerte un regalo. Un regalo de Año Nuevo. Toma mi colección de sellos.
—¿Cómo? —exclamó admirado y contrito Guenka.
En el recibidor se escucharon pasos y voces. Eran los padres, que habían huido de la garita de Gribanov porque no pudieron soportar la visión de su querido Andresillo tendido en el lecho por la angina folicular.
Guenka el Albaricoque balbució algo agradecido y contrito. Andrei T. estaba tumbado de espaldas sosteniendo con ambas manos el “Spidola”, miraba su terrible herida que lo atravesaba de parte a parte —un agujero redondo con los bordes fundidos— y escuchaba:
Llegará el mediodía de bullicio lleno,
con timbrazos de tranvías y avalancha humana,
pero mira y verás como el Alegre Tambor
redoblando por la calle va…
…cantaba despacito el “Spidola”, y esta canción, como siempre, era oportuna y oprimía tierna y dulcemente el corazón.