Julio Verne

Un drama en México

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Un drama en México Capítulo I Desde la isla de Guaján a Acapulco El 18 de octubre de 1824, el Asia, bajel español de alto bordo, y la Constancia, brick de ocho cañones, partían de Guaján, una de las islas Marianas. Durante los seis meses transcurridos desde su salida de España, sus tripulaciones, mal alimentadas, mal pagadas, agotadas de fatiga, agitaban sordamente propósitos de rebelión. Los síntomas de indisciplina se habían hecho sentir sobre todo a bordo de la Constancia, mandada por el capitán señor Orteva, un hombre de hierro al que nada hacía plegarse. Algunas averías graves, tan imprevistas que sólo cabía atribuirlas a la malevolencia, habían retrasado al brick en su travesía. El Asia, mandado por don Roque de Guzuarte, se vio obligado a permanecer con él. Una noche la brújula se Más >

Martín Paz

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Martín Paz Capítulo I Españoles y mestizos El dorado disco del sol se había ocultado tras los elevados picos de las cordilleras; pero a través del transparente velo nocturno en que se envolvía el hermoso cielo peruano, brillaba cierta luminosidad que permitía distinguir claramente los objetos. Era la hora en que el viento bienhechor, que soplaba fuera de las viviendas, permitía vivir a la europea, y los habitantes de Lima, envueltos en sus ligeros abrigos y conversando seriamente de los más fútiles asuntos, recorrían las calles de la población. Había, pues, gran movimiento en la plaza Mayor, ese foro de la antigua Ciudad de los Reyes. Los artesanos disfrutaban de la frescura de la tarde, descansando de sus trabajos diarios, y los vendedores circulaban entre la muchedumbre, pregonando a Más >

Un drama en los aires

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Un drama en los aires En el mes de septiembre de 185., llegué a Francfort. Mi paso por las principales ciudades de Alemania se había distinguido esplendorosamente por varias ascensiones aerostáticas; pero hasta aquel día ningún habitante de la confederación me había acompañado en mi barquilla, y las hermosas experiencias hechas en París por los señores Green, Eugene Godard y Poitevin no habían logrado decidir todavía a los serios alemanes a ensayar las rutas aéreas. Sin embargo, apenas se hubo difundido en Francfort la noticia de mi próxima ascensión, tres notables solicitaron el favor de partir conmigo. Dos días después debíamos elevarnos desde la plaza de la Comedia. Me ocupé, por tanto, de preparar inmediatamente mi globo. Era de seda preparada con gutapercha, sustancia inatacable por Más >

Diez horas de caza

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Diez horas de caza I Muchas personas sienten una verdadera antipatía hacia los cazadores, y no les falta completamente la razón. Quizás provenga esa antipatía de ver que los citados aficionados a la caza no sienten el menor escrúpulo en matar con sus propias manos a los animales que luego han de comer. Quizás provenga, y creo que esta razón es de más peso que la anterior, de la gran afición que tienen casi todos los cazadores a referir sus aventuras, vengan o no a cuento. Hace más de veinte años, fui culpable del primer delito. Cacé, si, cacé, y en castigo voy a ser culpable también de la segunda razón contando mis aventuras de caza. ¡Ojalá que este relato verídico y sincero quite para siempre a mis semejantes la afición a correr por los campos, de la ceca a la meca, seguido del perro, el Más >

Maese Zacarías

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Maese Zacarías Capítulo I Una noche de invierno La ciudad de Ginebra está situada en la punta occidental del lago al que ha dado o debe su nombre. El Ródano, que la cruza a su salida del lago, la divide en dos barrios distintos, y se divide a su vez, en el centro de la ciudad, por una isla que se alza entre sus dos orillas. Esta disposición topográfica se reproduce con frecuencia en los grandes centros comerciales o industriales. Sin duda, los primeros habitantes quedaron seducidos por las facilidades de transporte que les ofrecían los brazos rápidos de los ríos, “esos caminos que andan solos”, según la frase de Pascual. Con el Ródano, son caminos que corren. En la época en que todavía no se alzaban sobre esa isla, anclada como una goleta holandesa en medio del río, construcciones nuevas Más >

Una invernada entre los hielos

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Una invernada entre los hielos Capítulo I El pabellón negro El párroco de la vieja iglesia de Dunkerque se despertó a las cinco el 12 de mayo de 18…, para decir, siguiendo su costumbre, la primera misa a la que asistían algunos piadosos pescadores. Revestido de sus hábitos sacerdotales, iba a dirigirse al altar cuando un hombre entró en la sacristía, alegre y asustado a la vez. Era un marino de unos sesenta años, pero todavía vigoroso y sólido, con cara buena y honrada. -Señor cura – exclamó –, ¡alto ahí, por favor! -¿Qué le pasa ya tan de mañana, Juan Cornbutte? – replicó el cura. -¿Qué me pasa?… Unas ganas locas de saltar a su cuello ahora mismo. -Bueno, después de la misa a la que usted va a asistir. -¡La misa! – respondió riendo el viejo marino –. ¿Cree que va a decir ahora misa, y Más >

Un expreso del futuro

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Un expreso del futuro -Ande con cuidado –gritó mi guía- ¡Hay un escalón! Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar. ¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar. -Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo –dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Más >

Frritt-Flacc

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Frritt-Flacc Capítulo I ¡Frritt…!, es el viento que se desencadena. ¡Flacc…!, es la lluvia que cae a torrentes. La mugiente ráfaga encorva los árboles de la costa volsiniana, y va a estrellarse contra el flanco de las montañas de Crimma. Las altas rocas del litoral están incesantemente roídas por las olas del vasto mar del Megalocride. ¡Frritt…! ¡Flacc…! En el fondo del puerto se oculta el pueblecillo de Luktrop. Algunos centenares de casas, con verdes miradores que apenas las defienden contra los fuertes vientos. Cuatro o cinco calles empinadas, más barrancos que vías, empedradas con guijarros, manchadas por las escorias que proyectan los conos volcánicos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día, sus emanaciones se esparcen bajo la forma de vapores sulfurosos. Por Más >

El doctor Ox

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El doctor Ox Capítulo I De cómo es inútil buscar, aun en los mejores mapas, la pequeña población de Quiquendone Si buscan en un mapa de Flandes, antiguo o moderno, la pequeña población de Quiquendone, es probable que no la encuentren. ¿Es acaso una ciudad desaparecida? No. ¿Es una ciudad futura? Tampoco. Hace, sin embargo, que existe, a pesar de las geografías, de ochocientos a novecientos años. Y hasta cuenta dos mil trescientas noventa y tres almas, admitiendo un alma por habitante. Se encuentra situada a trece kilómetros y medio al Noroeste de Audenarde, y a quince kilómetros y cuarto al Suroeste de Brujas, en plena Flandes. El Vaar, pequeño afluente del Escala, pasa por debajo de sus tres puentes, cubiertos todavía por una antigua techumbre de la Edad Media, como en Tournai. Se admira Más >

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