Cuarta noche

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PERO CUANDO LLEGÓ LA CUARTA NOCHE Ella dijo: He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó a agitarse; convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó a entrar en el jarrón poco a poco, hasta el fin. Enton­ces el pescador cogió rápidamente la tapadera de plomo, con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: “Elige y piensa la clase de muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa junto a la orilla, e impediré a todo el mundo que pesque, diciendo: “Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar a los que le liberten.” Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la elección. Al oirle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vio que estaba, encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había Más >

Flor de cardo

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Flor de cardo El rayo del sol rajaba la tierra. Una planta de cardo, ya casi seca, luchaba para conservar, un rato más, en su seno, a sus hijitos alados, prontos en su inexperiencia juvenil, a dejarse llevar hacia lo desconocido, por el primer soplo que pasara, que fuera céfiro o fuera ráfaga. -¡Hijos, hijos míos! -decía la planta-; escuchen a su madre querida. No se alejen del hogar paterno. Las alitas que tienen ustedes pueden, cuanto más, impedir que se golpeen al caer; pero no son las alas del águila para afrontar las tempestades, ni las de la paloma incansable viajera. Escuchaban, y con todo, se iban hinchando las alitas; asomaban por las rendijas de la corola, abriéndolas más y más, y la pobre madre, sin fuerzas ya, inclinaba poco a poco la cabeza, resignada. Una de las impacientes semillitas cayó. Antes de tocar el suelo, un airecito embalsamado se la llevó, amoroso, empujándola despacio hacia el cielo azul, y cuando dejó de soplar, lo que fue muy pronto, cayó la semillita Más >

Juicio por asesinato

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Juicio por asesinato

He observado siempre el predominio de una falta de valor, incluso entre personas de cultura e inteligencia superiores, para hablar de las experiencias psicológicas propias cuando éstas han sido de un tipo extraño. Casi todos los hombres tienen miedo de que las historias de este tipo que puedan contar no encuentren paralelo o respuesta en la vida interior de quien les oye, y, por tanto, sospechen

o se rían de ellos. Un viajero sincero que hubiera visto un animal extraordinario parecido a una serpiente marina no tendría miedo alguno a mencionarlo; pero si ese mismo viajero hubiera tenido algún presentimiento singular, un impulso, un pensamiento caprichoso, una (supuesta) visión, un sueño o cualquier otra impresión mental notable, se lo pensaría mucho antes de mencionarlo. Atribuyo en gran parte a esa reticencia la oscuridad en la que se encuentran implicados estos temas. No comunicamos habitualmente nuestra experiencia de estas cosas subjetivas lo mismo que Más >

La fuente de la juventud

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La fuente de la juventud Había una vez un viejo carbonero que vivía con su esposa, que era también viejísima. El viejo se llamaba Yoshiba, y su esposa se llamaba Fumi. Los dos vivían en la isla sagrada de Mija Jivora, donde nadie tiene derecho a morir. Cuando una persona enferma lo mandan a la isla vecina, y si por casualidad muere alguien sin síntomas, envían el cadáver a toda prisa a la otra ribera. La isla, la más pequeña del Japón, es también la más hermosa. Está cubierta de pinos y sauces, y en el centro se alza un hermoso y solemne templo, cuya puerta parece que se adentre en el mar. El mar es más azul y transparente de lo que se puede imaginar, mientras que el aire es nítido y diáfano.

Los dos ancianos eran admirados por el resto de la aldea, que los admiraba por dos virtudes: su resignación y persistencia a la hora de aceptar y superar los avatares de la vida, y el amor mutuo que se habían procesado durante más de cincuenta años. (más…)

El jabalí y el carnero

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El jabalí y el carnero

De la rama de un árbol un Carnero Degollado pendía; En él a sangre fría Cortaba el remangado Carnicero. El rebaño inocente, Que el trágico espectáculo miraba, De miedo, ni pacía ni balaba. Un jabalí gritó: «Cobarde gente, Que miráis la carnívora matanza, ¿Cómo no os vengáis del enemigo?» «Tendrá, dijo un Carnero, su castigo, Mas no de nuestra parte la venganza. La piel que arranca con sus propias manos (más…)

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

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Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo Un labrador tenía dos hijos, el mayor de los cuales era muy listo y entendido, y sabía muy bien a qué atenerse en todo, pero el menor era tonto y no entendía ni aprendía nada, y cuando le veían las gentes decían: “Trabajo tiene su padre con él.” Cuando había algo que hacer, tenía siempre que mandárselo al mayor, pero si su padre le mandaba algo siendo de noche, o le enviaba al oscurecer cerca del cementerio, o siendo ya oscuro al camino o cualquier otro lugar sombrío, le contestaba siempre: “¡Oh!, no, padre, yo no voy allí: ¡tengo miedo! Pues era muy miedoso.” Si por la noche referían algún cuento alrededor de la lumbre, en particular si era de espectros y fantasmas, decían todos los que le oían: “¡Qué miedo!” Pero el menor, que estaba en un rincón escuchándolos no podía comprender lo que querían decir: “Siempre dicen ¡miedo, miedo!, yo no sé lo que es miedo: ese debe ser algún oficio del que no entiendo una palabra.” Más >

La historia de Nadie

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Vivía en la orilla de un enorme río, ancho y profundo, que se deslizaba silencioso y constante hasta un vasto océano desconocido. Fluía así, desde el Génesis. Su curso se alteró algunas veces, al volcarse sobre nuevos canales, dejando el antiguo lecho, seco y estéril; pero jamás sobrepasó su cauce, y seguirá siempre fluyendo hasta la eternidad. Nada podía progresar, dado su corriente impetuosa e insondable. Ningún ser viviente, ni flores, ni hojas, ni la menor partícula de cosa animada o sin vida volvía jamás del océano desconocido. La corriente del río oponía enérgica resistencia, y el curso de un río jamás se detiene, aun cuando la tierra cese en sus revoluciones alrededor del sol. Vivía en un paraje bullicioso, y trabajaba intensamente para poder subsistir. No tenía esperanza de ser alguna vez lo suficientemente rico como para descansar durante un mes, pero aun así, estaba contento, tenía a Dios por testigo y no le faltaba voluntad para cumplir sus pesadas tareas. Pertenecía a una Más >

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